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EUROPA, EN UNA ENCRUCUADA HISTORICA
«Relatio ante disceptationem» del cardenal
Antonio María Rouco Varela, relator general
de la II Asamblea especial para Europa del
Sínodo de los Obispos (1 y 2-10-99)
I. EUROPA Y LA IGLESIA A LASPUERTAS DEL TERCER
MILENIO: DESAFIOS Y DIFICULTADES
II. JESUCRISTO VIVE EN SU IGLESIA
III. PARA ANUNCIAR, CELEBRAR Y SERVIR EL
«EVANGELIODE LA ESPERANZA»
No son pocas las dificultades que la cultura
secularista, dominante en la Europa de nuestros
días, presenta para la vida de los hombres
y para el anuncio del Evangelio. Pero no
son menos las razones para la esperanza.
La naciente Iglesia apostólica no tenía las
cosas más fáciles. Pero ella venía de Pentecostés.
Ahora bien, Pentecostés no es sólo un hecho
del pasado, sino que sigue presente en nuestros
días, en particular, gracias al Concilio
Vaticano II. Estamos convencidos de ello.
Por eso continuaremos trabajando sin desmayo
en la nueva evangelización (cf. Instrumentum laboris, 52-59).
Europa ya no está hoy tan patentemente dividida
por muros e ideologías totalitarias. Pero
persiste en ella una división más profunda,
causa de graves quebrantos del ser humano
y amenaza de nuevas calamidades. Es la división
existente entre los bautizados que viven
su fe en Dios y los que se han alejado de
su fe bautismal o ni siquiera la han profesado
nunca. Conservo bien en mi memoria las palabras
escuchadas a Vuestra Santidad en Santiago
de Compostela en 1982: «Europa está dividida
en el aspecto religioso. No tanto ni principalmente
por razón de las divisiones sucedidas a través
de los siglos, cuanto por la defección de
bautizados y creyentes de las razones profundas
de su fe y del vigor doctrina y una realidad
histórica visible, un Cuerpo moral de esa
visión cristiana de la vida, que garantiza
equilibrio a las personas y comunidades».
Venerables hermanos, Europa se encuentra
en esta hora ante una decisión fundamental: o la conversión al Dios de nuestros
padres, cuyo Hijo se ha hecho hombre por
amor al hombre, o el aparta miento de las raíces espirituales de las
que ha germinado el verdadero humanismo
europeo. Nuestra tarea como Iglesia es anunciar con obras y palabras al Dios
vivo, es decir, el Evangelio de la esperanza.
En el tramo final de esta Relatio deseo hacer algunas sugerencias en orden
a la mejor realización de esta tarea. Me
serviré del mismo esquema empleado en la
parte anterior y hablaré de cómo testimoniar,
celebrar y servir hoy en Europa el Evangelio
de la esperanza.
1. El ministerio de la Palabra ha de ser cuidado con esmero. Porque «¿Cómo
creerán en aquél a quien no han oído? ¿Cómo
oirán sin que se les predique?» (Rom 10,
14). Las posibilidades que hoy se abren a
este ministerio son muchas y están lejos
de haber sido aprovechadas bien: los medios
de comunicación más recientes, como internet
y las nuevas técnicas de la televisión,
y también los más clásicos, como la prensa,
los libros y la radio, son instrumentos
que hay que saber aprovechar mejor. Para
su buena utilización, y también para el
uso de la palabra en las homilías y las alocuciones
directas, es necesaria una preparación adecuada.
Pero deseo detenerme en la disposición fundamental
que ha de presidir este ministerio y en el
que considero uno de los contenidos de la
predicación al que se ha de dar prioridad
en nuestros días.
Hemos de anunciar el Evangelio con fe plena
y valiente. Es cierto que no se trata tanto
de confiar en nuestros propios medios y
posibilidades, cuanto de recordar siempre
de Quién nos hemos fiado (cf. 2 Tim 1, 12).
«El Verbo de Dios, por quien todo fue hecho,
se hizo carne de modo que, siendo hombre
perfecto, salvara a todos y recapitulara
todas las cosas. El Señor es el fin de la
historia humana, el punto en el que convergen
los deseos de la historia y de la civilización,
centro del género humano, gozo de todos los
corazones y plenitud de sus aspiraciones»
(Gaudium et spes, 45). El diálogo con la
cultura atea de nuestros días y con otras
religiones no deberá inducir a ningún cristiano
a dudar de que en Jesucristo, el Hijo unigénito
del Padre, Dios se ha acercado de modo único
y supremo al ser humano y éste ha recibido
así la salvación y la plenitud de su ser
(cf. Instrumentum loboris: relaciones con
el hebraísmo, n. 62; con las otras religiones,
63; con el islam, n. 64).
Han pasado los tiempos del temor y del acomplejamiento.
No estamos exentos de cometer errores en
nuestra predicación y en nuestra labor pastoral.
Pero confiamos en que nuestras debilidades
son superadas con creces por la Palabra misma
que anunciamos cuando la ofrecemos con limpieza
y fidelidad. No nos está permitido en modo
alguno desconfiar del Evangelio, que es fuerza
de salvación procedente de Dios (cf. 1 Cor
1, 18-25). No podemos hurtarles esta fuerza
a nuestros hermanos, que sufren la desesperanza
alimentada -o, al menos, no impedida- por
el humanismo inmanentista. Si el aparente
éxito de las promesas y de las soluciones
de las ideologías materialistas del progreso
ejerció durante algún tiempo una cierta fascinación
incluso sobre los llamados a anunciar el
Evangelio, hoy, gracias a Dios, todos podemos
y debemos sentirnos libres de tal servidumbre.
El fracaso manifiesto de las más emblemáticas
de dichas ideologías debe servirnos de lección
también a los ministros de la Palabra. Son
signos de los tiempos que nos confirman en
la fe recibida de los Apóstoles: Jesucristo
es el único Salvador del hombre.
La Iglesia ha de predicar hoy en Europa
con toda confianza a Jesucristo, crucificado
y resucitado, Evangelio de la esperanza.
Hay diversos indicios que nos inclinan a
pensar que la predicación íntegra, clara
y renovada de Jesucristo resucitado, de la
Resurrección y de la Vida eterna ha de constituir
una prioridad en los próximos años. El cierto
déficit que el ministerio de la Palabra
ha venido padeciendo en este punto es el
primero de dichos indicios. ¿No hemos hablado
demasiado poco y fragmentariamente de la
Gloria que la Iglesia espera para sus hijos
y para la creación entera? Por otro lado,
¿no hemos silenciado a menudo la posibilidad
real de la perdición eterna frente a la que
nos previene Jesucristo mismo? En segundo
lugar, otro indicio que nos habla en favor,
de dar especial relieve a la predicación
del último artículo del Credo es el recurso
cada vez más frecuente de no pocos de nuestros
contemporáneos, incluso entre los bautizados,
a ciertos sucedáneos de la verdadera esperanza,
como son la creencia en la reencarnación,
la astrología y otras prácticas adivinatorias.
En tercer lugar, el hedonismo e incluso
el cinismo ético que van tomando carta de
naturaleza entre nosotros están sin duda
también en relación con la carencia del verdadero
aliento moral que procede de la fe en la
Vida eterna, pues «la espera de una Tierra
nueva no debe amortiguar, sino más bien avivar
la preocupación por perfeccionar esta tierra»
(Gaudium et spes, 39, 2). Además, en cuarto lugar, frente
a un cierto ecologismo que difícilmente puede
ser calificado de humanista, la esperanza
del Cielo evita que esta tierra o la naturaleza
sean vistas como el medio absoluto en el
que el ser humano estaría destinado a integrarse
e incluso a disolverse; y previene también
contra al abuso irresponsable de los recursos
de la creación de Dios. Por fin, el paradójico
escepticismo del europeo de nuestros días,
que es hijo de la «cultura de la libertad»,
respecto de la verdadera profundidad de las
decisiones libres del ser humano, nos hace
pensar igualmente en la necesidad de hablarle
con renovado empeño a este hombre de la dimensión
de eternidad implicada en todos los estratos
de su ser, convocado a la comunión perfecta
con Dios.
Sabiendo, pues, que «en un contexto en el
que crecen la indiferencia y la secularización
estamos llamados en particular a rendir testimonio
de los valores de la vida y de la fe en la
Resurrección, que encarna el mensaje cristiano
en su integridad» (Juan Pablo II, Mensaje con ocasión de lo Asamblea ecuménico de Graz
de 1997), todo lo dicho nos invita a la reflexión
sobre propuestas concretas en las que se
pudiera articular la prioridad de la predicación
de la Resurrección y de la Vida eterna.
En todo caso, el anuncio de la Palabra exige
hoy más que nunca la formación de sus ministros,
la cual ha de partir de un serio cultivo
de su vida espiritual que los capacite para
ser sus testigos. No basta alimentar la confianza
y establecer unas ciertas prioridades. Es
necesario también preparar y cuidar bien
los instrumentos. Sin duda el primero de
ellos, si se puede hablar así, es la persona
del ministro. Ante todo, los sacerdotes,
los diáconos, los catequistas, los profesores
de religión. En definitiva, todo bautizado,
en cuanto testigo de Cristo, ha de adquirir
la formación apropiada a su situación para
que la fe no sólo no se agoste por falta
de cuidado en un medio tan hostil como es
el ambiente secularista, sino para sostener
e impulsar el testimonio evangelizador.
La formación de los ministros de la palabra
necesita una teología elaborada y transmitida
de acuerdo con su estatuto específico de
saber fundado en la divina Revelación e integrador
de una razón confiada en sus capacidades
y abierta a la metafísica, como ha recordado
la encíclica Fides et ratio. Un saber así no puede fructificar al margen,
ni mucho menos frente a la Iglesia, a su
Tradición y a su Magisterio. La teología
prospera y sirve verdaderamente a la inculturación
del Evangelio cuando es, a un tiempo, contemporánea
y arraigada en la comunión eclesial.
En el orden catequético contamos hoy con
el Catecismo de la Iglesia Católica. Los catecismos adaptados a las diversas
situaciones tienen en él una guía segura
para convertirse en instrumentos aptos de
una formación integral en la fe. Los catequistas,
los pastores y, en general, las personas
de mayor formación, harán uso del Catecismo como libro de referencia básico para su anuncio
del Evangelio. El horizonte más amplio del
uso del Catecismo en una labor catequética orgánicamente integrada
en la vida de la Iglesia se describe en el
Directorio Catequético General de 1997. Todos estos instrumentos han de
estar muy presentes en la formación para
el ministerio de la Palabra, si se quiere
responder a las dos necesidades más urgentes
M momento: la de su ejercicio íntegro y
fiel a la fe de la Iglesia y la de saber
responder a los verdaderos problemas M hombre
de nuestro tiempo, carente y ansioso de Dios.
Abandonarse a la mera creatividad particular
y, más aún, a la improvisación bienintencionada
sólo podría ser nocivo.
2. La celebración de los misterios de la salvación
constituye el corazón de la Iglesia. El ministerio
de la Palabra, rectamente ejercido, conduce
a la celebración de los misterios de la fe
y se expresa en ella, sobre todo en los sacramentos,
en particular, en la eucaristía. El anuncio
del reino de Dios, de la gloria futura, no
puede reducirse a una mera proclamación de
ideas religiosas o morales, sino que ha
de introducir al encuentro vivo de cada creyente
con Cristo resucitado, que se acerca a los
hombres de cada época en los sacramentos
de la Iglesia (cf. Instrumentum laboris, 67). Hemos de cuidar bien la celebración
de la liturgia y de los sacramentos y propiciar
la creación de las condiciones adecuadas
para ella. Permitidme, venerables hermanos,
que mencione algunas de estas condiciones.
En primer lugar, es necesario fomentar la
comprensión del verdadero sentido de la liturgia
y de los sacramentos, superando la tentación,
a la que es tan proclive nuestra época, de
querer reducir el culto cristiano a pura
celebración de la vida humana y despojarlo
de su carácter sagrado, alegando una pretendida
superación de lo ritual y lo cúltico en
la Nueva Alianza. El culto cristiano va unido,
ciertamente, a la vida y no puede ser verdadero
si no se expresa en obras de caridad y de
justicia. Pero la liturgia y los sacramentos
son acciones sagradas porque es el mismo
Dios trino quien actúa en ellas para la edificación
de la Iglesia y la santificación de los
hombres. Conviene recordar que los sacramentos
son legado precioso de Cristo mismo para
su Iglesia. Ella los celebra con veneración;
no los crea, sino que, más bien, se alimenta
de ellos, pues por ellos le llega la fuerza
salvadora de Cristo, en el Espíritu Santo.
El sacramento del Orden, que habilita a los
ministros de la Eucaristía, «fuente y culmen
de toda vida cristiana» (LG 11) y sacramento de «la condescendencia divina» (Juan
Pablo II, Exhort. Apost. Dominicae Coenae, 7), expresa con claridad la vinculación
de toda la vida sacramental de la Iglesia
con Cristo. La incorporación de los laicos
-varones y mujeres- a nuevas responsabilidades
y ministerios eclesiales, ha de ser ocasión
para profundizar más en el carácter sacramental
de la Iglesia y no para oscurecerlo.
En segundo lugar, la celebración de la liturgia
y de los sacramentos exige la formación
adecuada de todos los que participan en
ellos, ministros y fieles. La iniciación
cristiana tiene un componente fundamental
de mistagogia, o introducción a la celebración de los
misterios, que no debe ser descuidada, tampoco
en los niños. Por su parte, los ministros
han de estar familiarizados tanto con la
teología como con la pastoral litúrgica y
sacramental, de modo que, sin perjuicio
de la rica diversidad de formas y modalidades
M culto reconocidas por la Iglesia, celebren
la liturgia y los sacramentos no como sus
dueños caprichosos, sino como servidores
agradecidos y fieles de los misterios sagrados.
En tercer lugar, hay que recordar que la
participación activa de todos en la liturgia
y en los sacramentos, en particular en la
eucaristía dominical, debe ser cuidada y
fomentada según el deseo del Concilio. Esta
participación no ha de ser confundida con
el personalismo o el activismo. Se trata
ante todo de que quienes celebran la liturgia
y los sacramentos lo hagan con verdadera
implicación interior en lo que la Iglesia
celebra. Para ello, además de la formación
doctrinal, es necesaria también la formación
espiritual. ¡Qué distinta es una celebración
de la eucaristía por personas con verdadero
espíritu de oración, que la celebrada de
modo más o menos mecánico, aunque con corrección
formal e, incluso, con gran despliegue externo
de medios estéticos y de animación!
Por eso, en cuarto lugar, el cultivo de la
espiritualidad es condición necesaria de
la celebración viva y fructífera de la fe.
La fe ha de ser asumida desde lo más hondo
de la persona. No convencen ni sirven las
meras formulaciones doctrinales ni el culto
rutinario. En cambio, nuestros contemporáneos,
hastiados de ofertas superficiales y de
ritmos de vida tan agobiantes, vacíos de
sentido, están necesitados de alimentos
sólidos para el espíritu; anhelan otras experiencias
de verdadero encuentro con Dios. Es lo que
buscan, por desgracia, con no poca frecuencia,
en movimientos esotéricos o en las nuevas
fórmulas sincretistas de la llamada «espiritualidad
oriental». Nuestras grandes tradiciones espirituales
europeas de raigambre benedictina, carmelitana,
ignaciana, etc., así como las de los nuevos
movimientos y comunidades tienen mucho que
aportar para que la celebración del misterio
de Cristo, configurada y vivida en espíritu
y en verdad, siga siendo fuente de esperanza
auténtica en el alma sedienta de los europeos
de hoy y de mañana.
Termino estas palabras sobre la celebración
con una referencia al sacramento de la reconciliación
y del perdón. El sacramento de la penitencia
ha de jugar un papel fundamental en la recuperación
de la esperanza. Sólo quien recibe la gracia
de un nuevo comienzo puede continuar adelante
en el camino de la vida sin encerrarse en
la propia miseria. ¿No estará una de las
raíces de la resignación y la desesperanza
de hoy en la incapacidad de reconocerse pecador
y de dejarse perdonar? ¿Y esta incapacidad
no se deberá a la soledad en la que tantos
viven como si Dios no existiera, es decir,
ante sí y por sí, sin nadie a quien poder
y querer pedir perdón? La revitalización
del sacramento de la reconciliación, vivida
en la plena integridad de la doctrina conciliar
que no sólo no hace superflua la confesión
sincera y concreta de los pecados, sino
que la postula e incluye necesariamente,
urge cada vez más, si se quiere avanzar en
el camino de la evangelización de Europa.
Por el sacramento de la reconciliación, bien
celebrado y practicado, pasa el renovado
encuentro del cristiano con la gracia redentora
de Jesucristo, que nos conduce a la casa
del Padre de la misericordia, nuestro origen
primero y nuestro destino último, manantial
perenne de esperanza (cf. Juan Pablo II,
Dives in misericordia).
3. El testimonio y la celebración del «Evangelio
de la esperanza» llevan también consigo su
servicio, que se expresa en el servicio al
ser humano. No son ciertamente idénticos
el servicio de Dios y el servicio del hombre,
ni el amor a Dios y el amor al hombre, pero
son inseparables. La comunión con Dios no
es real ni verdadera si no incluye la comunión
con sus hijos, nuestros hermanos. Los santos
han vivido siempre, según sus carismas,
la irreductibilidad y al mismo tiempo la
inseparabilidad de ambos amores y servicios.
Europa necesita nuevos santos, personas que,
sin dejarse arrastrar por la reducción temporalista
de la caridad a mera filantropía, vivan la
vida cristiana en toda su belleza y esplendor;
que la vivan como enviados de Cristo allí
donde se encuentren: en el mundo de la política,
de la economía, de la cultura, del trabajo
en la industria, en el campo o en el hogar.
Todo trabajo y ocupación, no sólo el ministerio
de la Palabra y de los sacramentos, se convierte
en apostolado cuando es vivido como servicio
del Evangelio.
La dedicación profesional de los cristianos
a las tareas de la política y de la configuración
pública de la sociedad reviste una grave
y nueva urgencia en virtud del proceso,
ya bastante avanzado, de la construcción
de la unidad de Europa sobre bases inequívocas
de justicia, de libertad y de paz. Como
en los tiempos de los llamados «padres de
Europa», alguno de ellos camino de los altares,
los cristianos de hoy han de seguir trabajando
para que la Doctrina Social de la Iglesia
sea llevada a la práctica en las estructuras
de la Europa unida. La vigencia de esta doctrina
es hoy, si cabe, más clara aún que hace cincuenta
años, cuando se constituía el Consejo de
Europa, la más antigua de las actuales instituciones
europeas. Nos congratulamos de los esfuerzos
tan meritorios que se hacen dentro y fuera
del marco institucional de la Unión Europea
para llevar al nuevo ordenamiento jurídico
europeo, que se perfila cada vez con mayor
nitidez, lo que, en definitiva, comportan
las implicaciones de la dignidad humana,
eje fundamental, por otro lado, de la Doctrina
Social de la Iglesia. Sin embargo, es mucho
lo que queda por hacer. La tarea para el
próximo futuro es ya inmensa, un verdadero
reto histórico para los católicos y para
todos los servidores del hombre. Quiero recordar
dos asuntos fundamentales puestos de relieve
por Vuestra Santidad en el discurso del pasado
29 de marzo a la Asamblea Parlamentaria
del Consejo de Europa.
Se ha de trabajar todavía para que se reconozca
en la práctica de forma completa «el derecho
más fundamental, el derecho a la vida de
toda persona, y que sea abolida la pena de
muerte. Este derecho fundamental e imprescriptible
de vivir no sólo implica que todo ser humano
pueda sobrevivir, sino también que pueda
vivir en condiciones justas y dignas. En
particular -decía Vuestra Santidad- ¿cuánto
tiempo debemos esperar aún para que el derecho
a la paz se reconozca como un derecho fundamental
en toda Europa, y que todos los responsables
de la vida pública lo pongan en práctica?»
Es asimismo importante -decíais también
entonces y debemos recoger aquí«no descuidar
la promoción de una política familiar seria,
que garantice los derechos de los matrimonios
y de los hijos; esto es particularmente necesario
para la cohesión y la estabilidad social.
Invito a los parlamentos nacionales a redoblar
sus esfuerzos para sostener la célula fundamental
de la sociedad, que es la familia, y darle
el lugar que le corresponde; constituye
el ámbito primordial de la socialización,
así como un capital de seguridad y confianza
para las nuevas generaciones europeas». En
efecto, ¿qué esperanza puede albergar Europa
para su futuro si la triste y muchas veces
desoladora situación espiritual y material
de tantas familias se traduce en unas tasas
de natalidad que ni siquiera bastan para
la sustitución de las actuales generaciones
o -lo que es más grave- si, a través del
reconocimiento de las llamadas «parejas
de hecho», se cuestiona el papel primordial
de la familia misma?
En estos dos campos, el del derecho a la
vida y los derechos de la familia, las tareas
y compromisos, incluidos los de los Pastores
de la Iglesia, no admiten ni tibieza, ni
demora (cf. Instrumentum laboris, 75-82). Porque es necesario establecer
políticas sociales, culturales y jurídicas
-basadas siempre en el principio de subsidiariedad-
y también planes pastorales encaminados decididamente
a que se respeten la plena dignidad de la
persona humana y sus exigencias fundamentales
de poder vivir, crecer, educarse y desarrollarse
en el amor y en la esperanza de una vida
propia del hombre, hijo de Dios, que brota
del Misterio Pascua¡ de Jesucristo, vivo
y presente en su Iglesia.
Pero tampoco es pequeño el servicio que nos
pide el Evangelio de la esperanza en otros
campos. Los niños, los jóvenes, los ancianos,
los enfermos, los discapacitados, los que
no tienen trabajo... todos ellos necesitan
una cercanía humana y cristiana que les permita
alimentar la esperanza que no defrauda.
Finalmente, es necesario subrayar con nuevos
y firmes acentos que la Iglesia desea contribuir
a que se estrechen los lazos de solidaridad
y de cooperación desinteresada tanto dentro
de Europa como con los pueblos de las otras
partes del mundo, sobre todo, de los más
necesitados. Hay que empeñarse para que
los países del antiguo bloque comunista puedan
incorporarse progresivamente al concierto
europeo y a sus instituciones, sin que tengan
que renunciar para ello a sus peculiaridades
históricas y culturales. Con el ejercicio
generoso de la solidaridad se contrarresta
eficazmente cualquier amenaza proveniente
de los fanatismos nacionalistas. Hemos de
aprender la lección de los acontecimientos
tan dramáticos de nuestro pasado reciente,
los que nos condujeron a la Segunda Guerra
Mundial, cuando «el culto a la nación, fomentado
hasta convertirlo en una nueva idolatría,
provocó en aquellos seis años terribles una
inmensa catástrofe» (Juan Pablo II, Mensaje con ocasión del 500 aniversario de
la Segunda Guerra Mundial).
Tampoco le es lícito a Europa encerrarse
en sí misma en una suerte de nacionalismo
paneuropeo. Son notorias sus obligaciones
de solidaridad con los pueblos que sufren
penurias de todas clases e incluso condiciones
de vida poco menos que infrahumanas. El universalismo,
tan característico de la común herencia humanista
europea, ha de hacerse efectivo en la ayuda
generosa a tantos pueblos, con frecuencia
ligados con Europa por lazos históricos
y culturales, que no pueden ser abandonados
a su suerte o utilizados como meros mercados
al servicio de los intereses de las llamadas
sociedades del bienestar y del consumo: las
nuestras.
Todos estos empeños precisan del acompañamiento
y sostén de un riguroso apostolado intelectual
y de la cultura. El servicio al que están
llamados los profesionales de las ciencias
en general y de las llamadas ciencias humanas
en particular es especialmente relevante.
Ellos han de buscar el verdadero saber sobre
el hombre, basado en un amor sincero y abierto
a la Verdad y a cada persona humana. Un
saber que sea capaz de aportar razones sólidas
para la convivencia en la justicia, la libertad
y la paz, y de contribuir a superar la amenaza
del relativismo, el escepticismo y el hedonismo.
Venerables hermanos, hemos de convocar para
el año 2000 de la era cristiana de nuevo
a nuestras Iglesias al anuncio, a la celebración
y al servicio del Evangelio de la esperanza
en la Europa de hoy. Porque Jesucristo, cuya
fe ha inspirado a los europeos a lo largo
de los siglos tantos proyectos e ideales
cargados de futuro, sigue vivo en su Iglesia.
He llamado vuestra atención sobre algunos
puntos que podrían ser objeto de nuestra
reflexión en orden a esta nueva convocatoria
en el umbral del año 2000 de la era cristiana.
Permitidme concluir esta tercera parte con
algunas sugerencias generales, válidas para
toda nuestra obra evangelizadora.
1ª La nueva evangelización de Europa ha
de hacerse desde la estrecha comunión de
todas la Iglesias locales con Pedro y entre
sí. No puede ser de otro modo, especialmente
en un momento de interrelación creciente
en todos los órdenes de la vida. La unidad
y el mutuo conocimiento entre las Iglesias
es, por lo demás, ya de por sí una aportación
importante a la unión de los pueblos de Europa.
Los organismos eclesiales de ámbito europeo,
como el Consilium Conferentiarum Episcoporum Europoe (CCEE) y la Comisión de los Obispos de la
Comunidad Europea (COMECE), están llamados
a jugar un papel importante en este terreno.
2ª El diálogo ecuménico e interreligioso
es otra de las dimensiones que ha de caracterizar
la presencia evangelizadora de la Iglesia
en esta hora de Europa. No ha perdido actualidad
lo que el Sínodo de 1991 ha dicho ha este
respecto. Vuestra Santidad no ha cesado de
invitarnos a este diálogo permanente y paciente,
pues «el testimonio de la unidad (entre los
cristianDS) es un elemento esencial de una
evangelización auténtica y profunda», según
recordabais en febrero del año pasado al
Comité Conjunto del Consilium Conferentiarum Episcoporum Europae y de la Conferencia de las Iglesias de Europa.
3ª Por fin, hay que tener presente la pastoral
vocacional. Sin vocaciones suficientes para
el ministerio ordenado y la vida consagrada
no será viable una evangelización renovada
y vigorosa. Y, a la inversa, la evangelización
decidida, apostólicamente comprometida e
integral, es el mejor «programa» para la
pastoral vocacional. Allí donde a los jóvenes
se les presenta sin recortes la persona
de Jesucristo, prende en ellos una esperanza
que les impulsa a dejarlo todo para seguirle,
atendiendo su llamada, y para dar testimonio
de El ante sus coetáneos, tan maltratados
en su cuerpo y en su espíritu por la cultura
«a ras de tierra» de nuestros días. No se
trata de un mero postulado teológico, sino
de un hecho comprobado a diario en los nuevos
movimientos eclesiales y en todos los lugares
en los que se dan las condiciones adecuadas
para el encuentro vivo con el Salvador.
CONCLUSION