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Obispo de la Diócesis
Edificar sobre roca (I)
Adviento 2002
01/11/2002
INTRODUCCION
I. EVANGELIZAR EN UN CONTEXTO CULTURAL DIFERENTE
1.1. Un mundo rico en conquistas humanas
y muy secularizado
1.2. El Evangelio es nuestra mejor aportación
a la cultura moderna
1.3. La importancia de los cimientos
1.4. La bondad del Evangelio cuestionada
1.5. Evangelización y diálogo con todos
1.6. El mandato permanente a "remar
mar adentro"
1.7. En la Palabra del Señor
1) La confianza en la fuerza del Señor
2) La alegría de saber que Dios nos ama
3) La constancia en el trabajo y el respeto
a las comunidades
4) La prioridad de la contemplación y de
la oración
II. UN PROYECTO CENTRADO EN LA INICIACIÓN
CRISTIANA
2.1. La acogida y aceptación de la Palabra.
Anuncio, catequesis, comprensión y confesión
1) Hay que partir de la Palabra
2) Presentación doctrinal orgánica
3) Las afirmaciones centrales de la fe
2.2. La interiorización personal de las Bienaventuranzas
y de sus consecuencias
1) La espiritualidad de las Bienaventuranzas
2) Prioridades en la formación integral de
la persona
3) Asumiendo los valores tradicionales y
los nuevos
4) Con los sentimientos de Jesucristo
2.3. El sentido de la celebración litúrgica
y su asimilación
1) El sentido teológico de la Liturgia
2) Los sacramentos, fuente de la santidad
3) El sacramento de la penitencia
4) Elementos para el desarrollo de la espiritualidad
litúrgica
2.4. El descubrimiento de la oración y la
práctica de la misma
1) La oración y su aprendizaje
2) La oración nos lleva a la acción
3) Hay que descubrir las huellas de Dios
también en el mundo de la ciencia y de la
técnica
2.5. El discernimiento de la voz de Dios
y la respuesta creyente
1) Hay que mirar el mundo a la luz de la
fe
2) La doctrina social de la Iglesia
3) La presencia de los cristianos en el mundo
2.6. La inserción en la comunidad cristiana
1) Se ha progresado en la vivencia comunitaria
de la fe cristiana
2) Hay que fomentar los organismos de participación
y comunión
III. LOS ÁMBITOS DE LA INICIACION CRISTIANA
3.1. Hacia una profunda renovación de nuestra
tarea catequética
1) El papel fundamental del catequista
2) La educación en los valores del Reino
3) La iniciación en la vida litúrgica
4) La importancia de crear vínculos
3.2. La Iniciación cristiana en la pastoral
de juventud
1) Una etapa de la vida especialmente receptiva
2) El aprendizaje de la oración personal
3) La capacidad de amar con el cuerpo y con
el alma
4) La seducción de Jesucristo
5) La plataforma de la enseñanza de religión
6) Jesucristo en la Universidad
3.3. La urgencia y prioridad de la pastoral
familiar
1) Los primeros años del matrimonio
2) El regreso a la práctica de la fe
3) La educación de la fe en el hogar
4) La atención a los enfermos y a las personas
mayores
IV. CONCLUSIÓN
INTRODUCCION
Desde hace ya muchos años, la Diócesis de
Málaga mantiene el empeño pastoral de trabajar
como Pueblo de Dios unido, que otea el horizonte
y busca nuevos caminos para ir al encuentro
del mundo moderno, revisa sus actuaciones
pastorales, comparte sus aciertos y sabe
corregir sus decisiones menos lúcidas. Es
un estilo de trabajo pastoral al que no estábamos
muy habituados, pero que va ganando terreno
entre nosotros. Juntos estamos aprendiendo
a que toda parroquia y comunidad cristiana
tenga un programa pastoral que actualiza
cada año, a que los diferentes servicios
o ministerios parroquiales estén coordinados
entre sí y sean revisados por el Consejo
Pastoral Parroquial y a que todos los miembros
del Pueblo de Dios se sientan protagonistas
y responsables de la única tarea pastoral.
Contamos con el "PROYECTO PASTORAL DIOCESANO
2.001-2.006. Duc in altum". Tras haber dedicado un curso entero a conocerle
con profundidad, a reflexionar y dialogar
sobre sus ideas de fondo y sus propuestas
y a darle a conocer a todos, este curso,
queremos llevar a la práctica algunas de
sus propuestas. Para facilitar dicha labor,
un grupo muy amplio y plural de personas
que están comprometidas en diversas tareas
pastorales han elaborado unos materiales
básicos, que nos pueden servir de gran ayuda
y que os invito a conocer a fondo para poder
usarlos con provecho.
Como viene siendo costumbre, me ha parecido
oportuno aportar también por mi parte una
palabra de aliento y algunas sugerencias
que considero convenientes. Mi Carta quiere
ser únicamente una voz de ánimo y compañía,
al hilo del trabajo. Es posible que descubráis
en ella algunas reflexiones y análisis que
han ido surgiendo en reuniones que he presidido
en vuestra parroquia, en vuestro arciprestazgo,
en el Consejo Pastoral Diocesano o en un
encuentro con religiosos/as. Es normal, porque
le suelo pedir a Dios que, en mi misión de
enseñar y de servir, sepa escuchar a todos
para discernir su voz entre las muchas que
hoy resuenan y pueda luego alentar la comunión.
Por semejante motivo, en mis Cartas pastorales
intento ofrecer mucho de lo bueno que yo
mismo he recibido.
Este año, me propongo hacerme eco de la llamada
de Juan Pablo II a "remar mar adentro".
Es decir, a ir al fondo de nuestra fe, donde
germinan y se alimentan el amor y la esperanza,
para encontrar la raíz de los problemas que
hacen difícil la evangelización en el mundo
actual y para escuchar la voz del Espíritu
a nuestra Iglesia y aprender a trabajar "en
el nombre del Señor". Cada uno de vosotros,
los bautizados, debe hacer suya esta recomendación
de San Pablo a Timoteo: "Mantente fuerte
en la gracia de Cristo Jesús; y cuanto me
has oído en presencia de muchos testigos,
confíalo a hombres fieles, que sean capaces,
a su vez, de instruir a otros" (2Tm
2,1-2)
Esta invitación es oportuna y válida para
todos, y especialmente para los que se encuentren
más desalentados, ya sean sacerdotes, religiosos/as
o bautizados en general. Tenemos que continuar
la apasionante tarea de evangelizar con obras
y con palabras. Pero hemos de hacerlo con
ilusión y con lucidez, sabiendo en qué mundo
nos movemos.
I. EVANGELIZAR EN UN CONTEXTO CULTURAL DIFERENTE
1.1. Un mundo rico en conquistas humanas y muy
secularizado.
Nos ha tocado vivir en un contexto cultural
rico en conquistas humanas, pero poco propicio
a las creencias religiosas. Apoyado en la
luz de la razón y con la ayuda de la ciencia,
esa creación formidable que es fruto del
esfuerzo de muchas generaciones, el hombre
ha logrado prolongar su vida sobre la tierra,
ha mejorado la calidad de la misma, ha liberado
al trabajo del esfuerzo físico que otrora
requería y sueña ya con implantar una existencia
relativamente feliz. Es consciente de que
aún tiene problemas graves que afrontar,
como la situación de hambre de numerosos
pueblos, la distribución injusta de los bienes,
las enfermedades psíquicas y la violencia
creciente que se manifiesta en el terrorismo
y en guerras cada vez más cruentas. Pero
no cabe duda de que el hombre moderno ha
conseguido conquistas brillantes, que ponen
de manifiesto su grandeza y le dan motivos
para sentirse orgulloso de su inteligencia
y de su creatividad.
Sin embargo, la mezcla de situaciones humanas
de injusticia y sufrimiento con los espléndidos
logros científicos y políticos plantea serios
desafíos intelectuales sobre la capacidad
humana y ética del hombre, y sobre el sentido
de la historia. La fe católica ilumina este
profundo enigma con la luz del Evangelio.
Por una parte, enseña que los seres humanos
sufrimos las graves consecuencias del pecado
original; mas por otra, nos asegura que hemos
sido creados a imagen y semejanza de Dios
y que el pecado, con su fuerza destructiva
y disolvente, ha sido vencido por Jesucristo.
Entre el optimismo ingenuo de quienes sólo
se fijan en la bondad del hombre, y el pesimismo
de los que insisten en su egoísmo feroz y
en su agresividad congénita, la fe católica
nos dice que el hombre ha sido creado por
Dios para ser su amigo, que ha roto libremente
su comunión original con la bondad divina,
hecho que desempeñó y sigue desempeñando
una profunda repercusión negativa sobre la
historia y el mundo en general; y que luego
ha sido redimido por Jesucristo. Aunque en
su situación presente conserva todavía algunas
consecuencias destructivas del pecado, puede
vencer el mal gracias al Espíritu de Jesucristo
y vivir como hijo de Dios.
Así, entre el pesimismo histórico de unos
y el optimismo de otros, la Iglesia proclama
un horizonte de esperanza, a pesar de los
graves problemas en que nos vemos envueltos.
Por eso dice el Concilio Vaticano II que
el Evangelio de Jesucristo ilumina el misterio
del hombre (cf GS, 10).
Pero estamos en una situación en la que el
Evangelio ha dejado de ser novedoso y provocador
para numerosas personas de los países ricos
de Occidente, entre los que nos contamos
nosotros. Seducidos por sus brillantes logros
científicos en casi todos los campos y volcados
a las cosas de la tierra, muchos de nuestros
contemporáneos apenas conservan ninguna sensibilidad
para acoger el Misterio de Dios. Es cierto
que se advierte un nuevo interés por la religión
en el mundo de los ricos, pero es un interés
que se queda en la superficie de los fenómenos,
que convierte la experiencia religiosa en
una mercancía de consumo y que no pasa de
una vaga resonancia emotiva y simbólica.
Incluso dentro de la comunidad cristiana
han surgido voces y movimientos que abogan
por una religiosidad más adaptada a nuestro
tiempo, que consistiría, según ellos, en
una práctica de carácter privado y subjetivo,
sin más dogmas ni preceptos morales que los
que decida cada cual en su conciencia.
La Iglesia, cuya misión y grandeza consiste
en evangelizar (AA 2), se encuentra con situaciones
humanas y culturales que convierten su tarea
en un cometido muy difícil. En muchos casos,
porque la secularización de la vida familiar,
de la escuela y de otros ámbitos de aprendizaje
implica que nadie hable a los niños y a los
jóvenes de Dios ni del Evangelio con la autoridad
de los testigos convencidos. Y nos encontramos,
también en España, con una generación de
adolescentes y de jóvenes que ignoran los
rudimentos de la fe e incluso las oraciones
más tradicionales. Y con otros, como numerosos
cristianos adultos que se van alejando de
la Iglesia, cuya fe recibida y educada a
lo largo de la infancia, no se ha visto acompañada
durante los años de la adolescencia, cuando
la persona pone en crisis y revisa casi todo
lo que ha recibido.
Este estado de cosas implica que haya un
número creciente de personas a las que no
es fácil interesar por el Evangelio. Son
aquellos que apenas han oído nada de él a
lo largo de su infancia y los que han abandonado
su vida de fe durante la adolescencia y la
juventud. Juntos componen el mundo de la
increencia. Para ellos, el hecho religioso
no significa prácticamente nada, pues han
perdido todo interés por estas cuestiones.
Hay otros muchos que todavía conservan los
rudimentos de la fe, pero ya apenas acuden
a los actos de culto, si no es de manera
ocasional, ni se preocupan de encarnar los
valores evangélicos en su vida. Según dicen
ellos mismos, se siguen considerando creyentes,
pero no practicantes.
Pero hay todavía un alto porcentaje de españoles
que han conservado la fe y que mantienen
aún la práctica religiosa. A tenor de las
estadísticas, se trata de un porcentaje importante
de personas, que está en torno al treinta
por ciento de la población, aunque se dan
diferencias muy notables de unas autonomías
a otras y, en Andalucía, no supera el quince
por ciento. Si añadimos a éstos que se declaran
creyentes practicantes los que afirman acudir
al templo de vez en cuando, el conjunto se
acerca al cuarenta por ciento en la totalidad
de España. Mas también en muchas personas
de este grupo se advierten serias carencias
doctrinales con relación a la fe y a la moral
de la Iglesia. De ahí la importancia que
los programas pastorales de las diversas
diócesis y de la Conferencia Episcopal atribuyen
a la formación cristiana integral del Pueblo
de Dios. El hecho de que no hayan aplicado
los medios necesarios para pensar su fe a
la luz de sus conocimientos y experiencias
actuales, les impide dar razón de su esperanza
a pesar de la firmeza de la misma. Y esta
inseguridad en lo que se refiere a los fundamentos
de su fe los mantiene alejados de las tareas
apostólicas.
1. 2. El Evangelio es nuestra mejor aportación
a la cultura moderna.
El Vaticano II constituye un esfuerzo formidable
por tender puentes entre el Evangelio y la
cultura de este tiempo. A pesar del optimismo
inicial, que algunos consideran ahora excesivo,
este intento de diálogo parece un tanto paralizado,
seguramente por la dificultad que entraña
y por la escasez de resultados visibles.
Como en toda empresa evangelizadora nueva,
también en este empeño se han cometido errores,
pero lo cierto es que se han dado pasos muy
importantes. Sin embargo, los resultados
no han sido especialmente brillantes para
el Pueblo de Dios.
Algunos creyentes se acercaron generosamente
a los no creyentes y juntos vieron la importancia
de compartir la lucha por unos valores que
aceptamos todos. Pero este esfuerzo generoso
no siempre logró integrar la vida de fe con
la experiencia de la lucha política y sindical
en favor de los más pobres. Tal vez, el abismo
entre la fe y la cultura moderna era mayor
de lo que suponíamos y muchos terminaron
abandonando la fe en Jesucristo o, al menos,
su sentido de pertenencia a la Iglesia.
En la actualidad, podemos comprobar que numerosos
cristianos, si no la mayoría, impulsados
por la fe, se han comprometido en diversa
medida en la lucha por los derechos humanos,
por la justicia y por la paz. De esta forma,
han sido fieles al Vaticano II, que nos dice:
"Tomen parte, además, los cristianos
en los esfuerzos de aquellos pueblos que,
luchando contra el hambre, la ignorancia
y las enfermedades, se esfuerzan por conseguir
mejores condiciones de vida y afirmar la
paz en el mundo. Gusten los fieles de cooperar
prudentemente en este campo con los trabajos
emprendidos por instituciones privadas y
públicas, por los gobiernos, por organismos
internacionales, por diversas comunidades
cristianas y por las religiones no cristianas"
(AG, 12). Y si algo hay que lamentar sobre
esta cuestión, es el hecho de que no hayamos
ido más lejos y de que este impulso de ser
fermento evangélico en la masa haya perdido
fuerza durante los últimos años.
Pero dicho esto, hemos de reconocer que la
mejor aportación de los cristianos a la cultura
moderna es el Evangelio, la proclamación
del amor de Dios, que se nos ha manifestado
en Jesucristo. Sin restar importancia a nuestra
contribución en el campo de los valores humanos
que no son específicamente evangélicos, lo
más revolucionario y lo más enriquecedor
que los cristianos podemos ofrecer es la
fe en Dios, tal como se nos ha revelado en
Jesucristo. Porque Dios es el origen y la
meta del hombre, y sin Él, éste no puede
alcanzar en absoluto la plenitud a la que
está destinado en esta vida y en la futura,
más allá de la historia presente. Privar
al mundo del mensaje sobre Dios, sería una
profunda irresponsabilidad por parte de quienes
creemos en Él, y una pérdida irreparable
para todos.
La aceptación sincera y leal de la "no
confesionalidad"del Estado y de la libertad
religiosa no implica que debamos callar el
Evangelio o relegarle a la vida privada.
Por mi parte, considero que uno de los aspectos
más desconcertantes y dolorosos de la cultura
actual es el silencio sobre Dios al que algunos
pretenden someter a los creyentes, y la aceptación
silenciosa de semejante idea por parte de
no pocos cristianos. Unos callan sobre Dios
porque no saben dar razón de su esperanza;
otros, porque consideran equivocadamente
que este silencio sobre Dios y sobre el Evangelio
de Jesucristo les va a ganar el respeto de
los no creyentes; y algunos, porque han aceptado
la falsa idea de que dialogar consiste en
ocultar lo que nos separa del otro y hablar
sólo de lo que el otro desea oír.
Y únicamente los creyentes, con nuestros
defectos y con toda la riqueza que nos aporta
la fe, podemos hablar por experiencia de
Dios, tal como Él se nos ha revelado. Hablo
de todos "los creyentes", pero
deseo añadir un importante matiz. La defensa
de la libertad religiosa y el respeto a las
demás religiones no significa que los seguidores
de Jesucristo pensemos que todas las religiones
son iguales. Como dice el Concilio, "la
Iglesia Católica nada rechaza de lo que en
estas religiones hay de verdadero y santo.
Considera con sincero respeto los modos de
obrar y de vivir, los preceptos y doctrinas
que, aunque discrepen en muchas cosas de
lo que ella profesa y enseña, no pocas veces
reflejan un destello de aquella Verdad que
ilumina a todos los hombres. Anuncia y tiene
obligación de anunciar constantemente a Cristo,
que es el camino, la verdad y la vida (Jn
14, 16), en quien los hombres encuentran
la plenitud de la vida religiosa y en quien
Dios reconcilió consigo todas las cosas"
(Nostra Aetate, 2; cf también 13).
1.3. La importancia de los cimientos.
La cuestión fundamental del católico, hoy
como siempre, consiste en ser un auténtico
discípulo de Jesucristo, una persona evangélica.
Es un camino tan apasionante como difícil
en cualquier tiempo y en todo ambiente cultural.
Podemos aprender mucho de los Santos, pues
ellos son los mejores ejemplos tanto de la
dificultad como de la grandeza de la vocación
cristiana. La tarea de iniciar bien en la
fe a quien se convierte al Evangelio es una
preocupación permanente de la Iglesia, que
la ha ido desarrollando con acentos diversos
según los lugares y los tiempos.
Al católico actual, además de la necesidad
intrínseca de fundamentar bien su fe, se
le plantean tres cuestiones específicas:
dar razón de su esperanza a las generaciones
que se han alejado de la Iglesia, dialogar
con los no creyentes con los que comparte
vida y proyectos humanos, y mantener la identidad
de su fe en un contexto marcado por una fuerte
tendencia al relativismo y al subjetivismo
doctrinal y ético.
Desde esta constatación, la Iglesia se pregunta
cómo se debe educar a quienes se acercan
a ella pidiendo la fe. Y se dan circunstancias
muy diversas entre nosotros, pues es diferente
el caso del niño que ha recibido en su hogar
los rudimentos de la fe al de quien acude
a pedir el bautismo en los primeros años
de su adolescencia, y al del adulto que desea
profundizar en la fe en que fue bautizado
y ahora ha descubierto como un don precioso.
Pero todos ellos necesitan convertirse en
auténticos discípulos y seguidores de Jesucristo.
Por ello, durante los últimos años, siguiendo
la recomendación del Vaticano II (AG 14),
hemos asumido que la educación cristiana
básica tiene que seguir aquel modelo que
los Santos Padres llaman la "Iniciación
cristiana".
El Concilio Vaticano II describe dicha Iniciación,
de manera sintética, con las palabras siguientes:
"Iníciense, pues, los catecúmenos convenientemente
en el misterio de la salvación, en el ejercicio
de las costumbres evangélicas y en los ritos
sagrados que han de celebrarse en tiempos
sucesivos, y sean introducidos en la vida
de la fe, de la liturgia y de la caridad
del Pueblo de Dios. Libres, luego, por los
sacramentos de la iniciación cristiana, del
poder de las tinieblas, muertos, sepultados
y resucitados con Cristo, reciben el Espíritu
de hijos de adopción y celebran con todo
el pueblo de Dios el memorial de la muerte
y resurrección del Señor" (AG 14).
Se trata de un proceso que, empleando todas
las formas expresivas disponibles, abre la
inteligencia y el corazón de la persona a
la luz del Evangelio, la va introduciendo
en la vida de la comunidad cristiana y la
entrena para disfrutar, hacer suyo y practicar
el amor fraterno. En tal proceso, se emplean
los medios más adecuados para comprender
y asumir el Credo de la Iglesia, para conformar los propios
sentimientos con los de Cristo como enseña
la carta a los cristianos de Filipos, y para
configurar toda la existencia con el espíritu
de las Bienaventuranzas. A lo largo de su
desarrollo, como en todo intento educativo
integral, tienen una gran importancia los
itinerarios parciales, los ritos, los símbolos,
la participación activa del sujeto y las
convicciones básicas que sustentan la nueva
forma de situarse ante la vida y de vivir
en esta tierra con los demás, en camino hacia
los brazos de Dios Padre.
El Directorio General para la Catequesis
se fija en tres características, para que
se pueda hablar de auténtica catequesis de
Iniciación cristiana. La primera, que ofrezca
una visión "orgánica y sistemática de
la fe". La segunda, que la educación
que ofrece no se limite a comprender y asumir
unas ideas, sino que sea "un aprendizaje
de toda la vida cristiana (...) que propicia
un auténtico seguimiento de Jesucristo, centrado
en su persona", de manera que "el
hombre entero, en sus experiencias más profundas,
se vea fecundado por la Palabra de Dios"
y pase del hombre viejo al hombre nuevo.
Y la tercera, que esta catequesis integral
esté "centrada en lo nuclear de la experiencia
cristiana, en las certezas más básicas de
la fe y en los valores más fundamentales"
(n. 67).
"La Iniciación cristiana, dice la Conferencia
Episcopal Española, no se puede reducir a
un simple proceso de enseñanza y de formación
doctrinal, sino que ha de ser considerada
una realidad que implica a toda la persona,
la cual ha de asumir existencialmente su
condición de hijo de Dios en el Hijo Jesucristo,
abandonando su anterior modo de vivir, mientras
realiza el aprendizaje da la vida cristiana
y entra gozosamente en la comunión de la
Iglesia, para ser en ella adorador del Padre
y testigo del Dios vivo" (La iniciación
cristiana, 18).
Constituyen elementos básicos de la misma
una catequesis orgánica e integral; la unión
entre catequesis y vida litúrgica, que se
concreta en los tres sacramentos del Bautismo,
la Confirmación y la Eucaristía y en la inserción
vital en la comunidad cristiana; y un proceso
de inserción, en el Pueblo de Dios, por etapas
que no fuerzan los ritmos de la persona.
A lo largo del mismo, ésta acoge y hace suya
la fe, se integra según sus circunstancias
en la vida trinitaria y en la comunidad cristiana,
se habitúa a celebrar con sus hermanos la
fe recibida y se convierte en fermento que
vive y anuncia el Evangelio en su hogar y
en su ambiente, con obras y con palabras.
Es así como pienso que se deben asentar los
cimientos del creyente de hoy.
1.4. La bondad del Evangelio cuestionada.
Cada circunstancia histórica se caracteriza
por tener una sensibilidad peculiar ante
las cuestiones religiosas. Y el evangelizador
tiene que sintonizar con las inquietudes
de su tiempo para que sus palabras resuenen
en el corazón de los oyentes. Él mismo necesita
una profunda experiencia de Dios para convertirse
en un testigo que narra lo que ha visto y
oído, pero tiene que saber también situarse
en su ambiente cultural y dejar que resuenen
en su corazón todos los gozos, las esperanzas,
las preocupaciones y los miedos de sus hermanos
todos. Y ser consciente, al mismo tiempo,
de las dificultades y prejuicios que pueden
ocultar la grandeza del Evangelio a las personas
que no tienen fe o impedir que sus palabras
de anuncio lleguen nítidas a los oyentes.
He aludido ya a la secularización que invade
la conciencia de los ciudadanos de los países
más desarrollados técnica y científicamente.
Además de impermeabilizarlos en todo lo referente
a Dios, este fenómeno suele ir acompañado
de otros aspectos que deseo señalar porque
hacen difícil la misión de proclamar el Evangelio,
al presentarse como conquistas humanas y
como valores propios de las sociedades democráticas
y evolucionadas. Por eso, llegan a convertirse
en un obstáculo mental que hace imposible
descubrir la bondad y la verdad del Evangelio.
Empecemos por la muerte de las utopías. Aleccionado
por los fracasos históricos y por los grandes
sacrificios que han supuesto las propuestas
de una humanidad feliz por parte de ideologías
como el comunismo o nacional socialismo,
el hombre actual ha renunciado a "los
grandes relatos". Este escepticismo
le ha impulsado a vivir la historia de cada
día de una manera fragmentada y a no preguntarse
ya por el sentido de los diversos acontecimientos
ni de las cosas. Ni siquiera por el sentido
de la propia vida. Y cuando se pierde la
capacidad de hacer preguntas, la existencia
se nos muestra como carente de todo significado,
como un hecho fortuito que no tiene más finalidad
que disfrutar de los placeres cotidianos
mientras la vitalidad lo permita. El hombre
actual se ve sumergido en un horizonte cerrado,
en el que el anuncio de que Dios nos ama
y se ha hecho hombre en el seno de María
no tiene ningún sentido salvador y liberador.
Más bien, llegan a considerar a la religión,
a toda religión y a toda fe, como un freno
que impide la libre decisión de cada uno
en cuanto al uso de los bienes terrenos,
al disfrute del propio cuerpo y a la decisión
sobre el momento en que nuestra vida no da
más de sí y hay que tomar la decisión de
interrumpirla.
Por otra parte, vemos que la tolerancia y
el diálogo pertenecen a la esencia de la
democracia. Y numerosos pensadores opinan
que sólo son verdaderamente dialogantes y
tolerantes aquellas personas que están dispuestas
a cambiar de opinión y de conducta. Pero
los católicos hemos aceptado y sostenemos
como verdades firmes e intangibles los enunciados
de la fe que confesamos en el Credo y un conjunto de valores y principios éticos
que dimanan del Evangelio. A juicio de muchos,
esta presunción de tener certezas nos cierra
a todo diálogo sincero y leal. Además, la
historia de la ciencia y la Filosofía, según
siguen diciendo, han enseñado que no hay
verdades absolutas, sino afirmaciones provisionales,
que cambian a medida que progresa nuestro
conocimiento, porque toda verdad es parcial
y relativa. Desde esta manera de pensar y
enfrentarse a los problemas, los católicos
aparecen como unos compañeros de viaje incómodos,
cuando se tienen que abordar asuntos como
el aborto, la eutanasia y la producción de
embriones para el uso terapéutico, entre
otros muchos asuntos.
Finalmente, cada grupo religioso sostiene
que su Credo y su ética son los únicos verdaderos. Mientras
las sociedades eran más homogéneas y estables,
esta pretensión no planteaba dificultades
especiales. Pero vivimos en una sociedad
en la que el pluralismo religioso y la multiculturalidad
son un hecho palpable, que ocasiona más de
una fricción entre los mismos ciudadanos
que se declaran creyentes de diversas religiones.
Y puesto que los Credos no pueden ser todos verdaderos, la conclusión
a que se llega es que las religiones son
expresiones diversas de un sentimiento muy
extendido. O lo que es igual, que el sentimiento
religioso es legítimo como experiencia subjetiva,
individual y privada, pero que las religiones
como tales son ideologías anticuadas, que
no se pueden integrar en las sociedades modernas
y avanzadas. Más bien, dicen, se convierten
en una fuente de intransigencia y de conflictos.
1.5. Evangelización y diálogo con todos.
Los cristianos debemos distinguirnos por
el respeto exquisito a los demás. Aunque,
según las estadísticas, las personas que
se dicen no creyentes son una pequeña minoría,
merecen nuestro respeto igual que los creyentes
de otras religiones. Es verdad que, en el
pasado, no siempre se ha comprendido y practicado
esta postura, pero el respeto a la libertad
religiosa, la tolerancia y el diálogo son
actitudes humanas que debemos compartir con
todos.
El Vaticano II nos enseña que "el derecho
a la libertad religiosa está realmente fundado
en la dignidad misma de la persona humana,
tal como se conoce por la palabra de Dios
revelada y por la misma razón". Y "esta
libertad consiste en que todos los hombres
deben estar libres de coacción, tanto por
parte de las personas particulares como de
los grupos sociales y de cualquier poder
humano" (DH 2). Es más, la Iglesia Católica
"exhorta a sus hijos a que, con prudencia
y caridad, mediante el diálogo y la colaboración
con los seguidores de otras religiones, dando
testimonio de fe y vida cristiana, reconozcan,
guarden y promuevan aquellos bienes espirituales
y morales, así como los valores socio-culturales
que se hallan en ellos" (NA 2).
Sin embargo, el respeto e incluso la defensa
ardiente de la libertad religiosa, de la
tolerancia y del diálogo no implica que un
católico dude de que la "única verdadera
religión subsiste en la Iglesia Católica
y apostólica, a la que el Señor Jesús confió
la tarea de difundirla a todos los hombres"
(DH 1). Por consiguiente, la tolerancia leal
y el diálogo respetuoso no están reñidos
con la firmeza de la fe en el Evangelio ni
con la presentación del mismo a quien esté
dispuesto a escuchar nuestro testimonio.
Lo que contradice el espíritu del diálogo
sincero es la ambigüedad de quien oculta
aspectos de sus convicciones profundas para
que el otro no se sienta molesto o turbado
al dialogar.
Además del diálogo, es importante la colaboración
en tareas humanitarias con personas que no
creen en Dios y con creyentes de otras religiones.
La cooperación con todos nos puede llevar
a un mejor conocimiento del otro y de sus
razones, a mantener abierto el diálogo y
a trabajar por el hombre. Y en este sentido,
los cristianos de Málaga y Melilla necesitamos
mayor audacia y más imaginación para dar
los pasos necesarios para compartir tareas
humanitarias y para dialogar con todos.
1.6. El mandato permanente a "remar
mar adentro".
Igual que Pedro, cansado de haber bregado
sin pescar nada a lo largo de una noche,
numerosos cristianos de hoy recurren a su
experiencia para justificar esa atonía pastoral
en la que hemos caído. Ante casi todas las
ofertas y propuestas misioneras, responden
decepcionados que ya lo han intentado en
repetidas ocasiones y que los resultados
han sido nulos. Es lo que le vino a decir
Pedro a Jesús, cuando le invitó a buscar
la pesca de nuevo, en las aguas profundas.
Aunque con frecuencia, a nosotros nos falta
aquella fe que le llevó a añadir: "Pero,
en tu Palabra, echaré la red" (Lc 5,5).
El testimonio de las grandes multitudes,
especialmente de jóvenes, que vemos en los
encuentros con el Papa Juan Pablo II nos
dice que el Evangelio sigue siendo Buena
Nueva para el hombre de hoy. También los
llamados "nuevos movimientos" encuentran
eco abundante cuando proclaman el Evangelio.
Nos cuesta reconocer la evidencia, pero está
ahí, aunque nuestras convicciones ideológicas
nos presenten muchas explicaciones plausibles,
para impedir que este hecho nos lleve a hacer
un examen de conciencia más sincero.
Por lo pronto, evangelizar nunca ha sido
misión fácil y el mismo Jesús no logró, al
menos a primera vista, resultados muy brillantes
durante su vida pública. Tampoco los Doce,
sostenidos y guiados por la fuerza del Espíritu,
conocieron el éxito pastoral. Su trabajo
apostólico y su vida entera estuvieron acompañados
por las dificultades, por los sufrimientos
y por la cruz. Porque el Reino de Dios comienza
como una semilla insignificante, que tiene
que pudrirse para germinar, requiere labores
duras y delicadas, crece entre la cizaña
y necesita su tiempo para dar fruto. Esto
quiere decir que nuestra misión consiste
en sembrar con la humildad de la fe y en
seguir trabajando con la alegría de la esperanza,
aunque no lleguemos a ver la cosecha.
1. 7. En la Palabra del Señor.
Pero tenemos que hacerlo "en la Palabra
del Señor", en su nombre. Y pienso que
esta expresión nos invita a profundizar en
cuatro actitudes del evangelizador que hoy
son especialmente necesarias.
1) La confianza en la fuerza del Señor.
Cuando tenemos la certeza de que estamos
respondiendo a una llamada y cumpliendo la
voluntad de Dios, resulta más fácil mantener
vivo el ardor y la audacia apostólica. Numerosas
situaciones de agobio y de apatía pastoral
tienen su fundamento en la carencia de unas
actitudes espirituales profundas. Lo que
más nos agobia y cansa psíquicamente es la
falta de esperanza y de confianza en la validez
de lo que estamos realizando. Nos cuesta
aceptar la sensación de fracaso que se desprende
de no poder contabilizar los resultados de
nuestros afanes y desvelos. Además, no vemos
que los jóvenes manifiesten interés por el
Evangelio y, por otra parte, el momento que
estamos viviendo se caracteriza por el pesimismo
histórico y el conformismo frente a las situaciones
de injusticia. Son experiencias que nos afectan
más de lo que sospechamos. Sin embargo, cuando
realizamos nuestra misión en el nombre del
Señor, convencidos de que estamos haciendo
lo que Él desea, resulta posible mantener
alto nuestro tono vital y nuestro ardor apostólico
en medio de los fracasos. La contemplación
de la vida de Jesús, la escucha de su Palabra
y el abandono en sus manos son la garantía
del evangelizador y la fuente de su fortaleza.
2) La alegría de saber que Dios nos ama.
No me refiero a ese clima de euforia más
o menos pasajero que se puede conseguir por
diversos medios psicológicos, ni a la sensación
de bienestar que produce la autoestima, sino
a la alegría del corazón, que es un fruto
del Espíritu Santo. Como enseñó Pablo VI,
el hombre la experimenta cuando se halla
en armonía consigo mismo, con la naturaleza
y especialmente, "cuando su espíritu
entra en posesión de Dios, conocido y amado
como bien supremo e insustituible" (La alegría cristiana, I). Pero esta alegría es un bien escaso
en muchas personas que proclaman el Evangelio,
a pesar de que es necesario que el anuncio
de la Buena Nueva de la salvación se realice
desde la paz del corazón y ese sentimiento
de plenitud que llamamos alegría. Cuando
ésta falta, las palabras más hermosas e inteligentes
carecen de alma, porque han dejado de ser
un testimonio personal para convertirse en
la transmisión de una teoría que aceptamos
con más o menos firmeza.
3) La constancia en el trabajo y el respeto a las comunidades.
Acostumbrados a un ritmo acelerado de vida
y a los resultados rápidos, nos impacientamos
fácilmente cuando nuestras programaciones
y recursos de todo tipo no dan los frutos
previstos y apetecidos. Por supuesto, es
conveniente que revisemos las programaciones
y el trabajo que se ha realizado, para tener
la certeza de que estamos poniendo en juego
cuanto está a nuestro alcance. Pero las cosas
de Dios requieren constancia y espera paciente,
ya que es Él quien tiene la iniciativa. La
paciencia vigilante es una virtud fundamental
del evangelizador, que se mantiene vigilante
a la espera, sin abandonar la diligencia
en el trabajo y sin la pretensión de marcar
a Dios el ritmo de sus dones. Como ha dicho
un eminente teólogo, hay que dejar a Dios
ser Dios. Y un aspecto muy importante de
la paciencia apostólica es el respeto al
camino que han iniciado y recorrido las comunidades.
Se comete un grave error cuando es la comunidad
la que se tiene que adaptar a su responsable
y el cambio de la persona que la preside
se traduce en nuevos métodos y prioridades
pastorales, que no proceden de la comunidad
ni del Consejo Pastoral Parroquial y que
no respetan el trabajo que se venía realizando.
4) La prioridad de la contemplación y de
la oración.
"El nuestro, ha dicho el Papa Juan Pablo
II, es un tiempo de continuo movimiento,
que a menudo desemboca en el activismo, con
el riesgo fácil del 'hacer por hacer'. Tenemos
que resistir esta tentación, buscando 'ser'
antes que 'hacer'" (NMI 15). Pues evangelizar
consiste en dar testimonio de lo que hemos
visto y oído, de lo que ha sucedido en nuestra
vida al acoger la llamada del Señor y llevar
a la práctica su Palabra. Nuestro programa
pastoral "se centra, en definitiva,
en Cristo mismo, al que hay que conocer,
amar e imitar, para vivir en Él la vida trinitaria
y transformar con Él la historia" (NMI
29). Con otras palabras, tenemos que descubrir
que "la santidad es más que nunca una
urgencia pastoral" (NMI 30).
II. UN PROYECTO CENTRADO EN LA INICIACIÓN
CRISTIANA
Como dije al principio, la Iniciación cristiana
es un proceso complejo y consiste en "ayudar
a que del seno de la Iglesia nazcan y crezcan
nuevos hijos de Dios", a que formemos
creyentes que sean adultos en la fe y sepan
vivir como tales en este momento histórico
concreto. En este sentido, lo que venimos
haciendo parece insuficiente, aunque haya
producido frutos abundantes en el pasado.
Por eso, deseamos encontrar y llevar a la
práctica una forma diferente de preparar
a los miembros de la comunidad cristiana.
El concepto de Iniciación cristiana es muy
rico, porque alude a una formación global
que permite a los creyentes conocer y aceptar
lo específico de la fe cristiana en un contexto
en el que se tiende a relativizar todos los
credos; a adentrarse con el corazón y existencialmente
en el espíritu de las Bienaventuranzas; a
alimentar la fe que brota del bautismo, mediante
la celebración comunitaria de la eucaristía;
a mantenerse ante Dios en actitud de escucha
y de alabanza; a dejarse guiar por el Espíritu,
que nos descubre la llamada del Señor en
los acontecimientos diarios y que nos invita
a dar una respuesta evangélica; y a proclamar,
con obras y con palabras, como miembros vivos
del Pueblo de Dios, el Evangelio que nos
salva.
No es mi propósito explicar de manera sistemática
en qué consiste la Iniciación cristiana,
pues tenemos ya una publicación realizada
en la Diócesis que lleva por título "Proyecto
Pastoral de Iniciación Cristiana", y,
en ella, se recogen de manera concisa y rigurosa
las principales enseñanzas sobre el tema.
Mi contribución pretende llamar la atención
sobre aspectos concretos de cada componente
de la Iniciación cristiana que me preocupa
de manera especial, bien por su importancia
bien por estar menos presente en nuestra
pastoral ordinaria. Para ello, voy a partir
de nuestra realidad y de las diversas situaciones
en que estamos impartiendo catequesis.
Tenemos, en primer lugar, a los niños bautizados
cuyos padres solicitan una formación cristiana
que los lleve a la primera comunión, y la
de aquellos adolescentes y jóvenes que están
interesados en profundizar en su fe y recibir
luego el sacramento de la Confirmación. A
ellos tratan de dar respuesta los directorios
y materiales que se han ido preparando y
revisando durante los últimos años. Pero
el bajo índice de perseverancia pone de manifiesto
que tal vez no hemos sabido encontrar las
claves adecuadas, como el compromiso cristiano
de las familias, la inserción vital en la
comunidad y una firmeza de fe adecuada a
sus años y a su situación. Por eso, vamos
a seguir trabajando a partir de cuanto ya
tenemos, pero preguntándonos si la preparación
que les ofrecemos es la adecuada y completándola
con aspectos que nos brinda la Iniciación
cristiana.
Tenemos, además, la situación del trabajo
pastoral con los padres que se acercan a
la Iglesia a pedir el Bautismo o la primera
comunión para sus hijos. También aquí, en
la oferta a los padres, se han dado algunos
pasos importantes para que el interés inicial
se convierta en un acicate que los lleve
a reavivar su identidad católica. Hemos podido
comprobar que a través de estos encuentros
más o menos ocasionales con ellos, puede
surgir la demanda de catequesis por parte
de personas adultas que no tenían una fe
seria y personalizada o la tenían como dormida.
Y ahora pueden recibir también una catequesis
adecuada, que se inspire en la Iniciación
cristiana tal como la presenta la publicación
diocesana sobre el tema.
Finalmente tenemos diversos movimientos apostólicos
y de espiritualidad. Entre ellos, algunos
están desarrollando una interesante pastoral
misionera, ya que la mayoría de sus miembros
proceden de esa masa de cristianos que sin
haber rechazado a la Iglesia ni renegado
de su fe, vivían en una situación de increencia
práctica. Y aunque con diferentes métodos
a los que siguen los "nuevos movimientos",
también la Acción Católica y otros grupos
intentan, por diferentes caminos, poner unos
cimientos sólidos e impartir una formación
evangélica integral. Cada uno a su modo,
pretende desarrollar la Iniciación cristiana
adecuada de sus miembros.
Nuestro propósito es ayudar a quien lo acepte
a pasar de la increencia o de una fe adormecida
a la fe viva en Jesucristo. De la fe viva
en el Señor, a integrarse en la comunidad
cristiana como miembros activos. De ahí,
a vivir esta realidad comunitaria no sólo
en el orden de lo doctrinal y del amor mutuo,
sino con especial intensidad en la celebración
de la Eucaristía y en la oración de la Iglesia.
Finalmente, alimentados por la Eucaristía
y por la Palabra de Dios, y sostenidos por
el ejemplo de los demás, a hacerse presentes
en la historia de cada día, con la fuerza
transformadora del fermento y con la vitalidad
del grano de mostaza.
2.1. La acogida y aceptación de la Palabra.
Anuncio, catequesis, comprensión y confesión.
"La fe viene de la predicación y la predicación,
por la Palabra de Cristo", dice San
Pablo (Rm 10, 17). De ahí la importancia
que dan las comunidades cristianas del Nuevo
Testamento al Kerigma, a ese primer anuncio
de la Palabra de Dios que se centra en la
encarnación, la muerte y resurrección de
Jesucristo. Porque la Palabra es fuerza de
Dios para la salvación del que cree (Rm 1,
16), y no puede ser sustituida por ninguna
enseñanza. El contacto asiduo con las Sagradas
Escrituras, y en especial con los evangelios,
es un camino privilegiado para conocer y
amar a Jesucristo y para convertir en vida
el Evangelio, ya que "los libros sagrados
enseñan sólidamente, fielmente y sin error
la verdad que Dios hizo consignar en dichos
libros para salvación nuestra" (DV 11).
1) Hay que partir de la Palabra.
Esta base bíblica nos recuerda que la Palabra
de Dios, de la que algunos teólogos han dicho
que tiene una eficacia casi sacramental,
no puede ser sustituida por ninguna otra
palabra o cuerpo de doctrina. "El que
no conoce las Escrituras no conoce el poder
de Dios ni su sabiduría; de ahí se sigue
que ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo",
dice San Jerónimo. Esta convicción tiene
algunas consecuencias importantes para la
iniciación cristiana, pues recuerda la necesidad
de facilitar la lectura, la comprensión y
la meditación de la Palabra de Dios a todos
los que se acercan a la Iglesia, incluidos
los niños que se inscriben en la catequesis.
Porque sólo Dios nos enseña quién es Dios
y su Palabra sigue siendo viva y eficaz para
todos los que se acercan a ella con curiosidad
y en actitud de búsqueda (cf Hb 4, 12-13).
En este sentido, hay que tener presente lo
que enseña el Vaticano II, cuando dice que
"la Iglesia siempre ha venerado la Sagrada
Escritura, como lo ha hecho con el Cuerpo
de Cristo, pues, sobre todo en la Sagrada
Liturgia, nunca ha cesado de tomar y repartir
a sus fieles el pan de vida que ofrece la
mesa de la Palabra de Dios" (DV 21).
Sin el recurso continuo a la Palabra de Dios
no existe verdadera iniciación en la fe.
De ahí la importancia creciente de las Escuelas
Bíblicas parroquiales; de recuperar entre
los cristianos adultos la "Lectio divina",
que consiste en la lectura contemplativa
de la Palabra de Dios; de la difusión de
libros con las lecturas de la misa de cada
día; y de otras iniciativas variadas y sugerentes
para acercar la Palabra de Dios a los niños
y a los adultos.
2) Presentación doctrinal orgánica.
Pero el complemento normal y necesario de
la Palabra de Dios es la catequesis, que
debe centrarse en la presentación y explicación
del Credo. Ésta debe realizarse de forma adaptada a las diversas circunstancias,
para que quienes se inician en el conocimiento
de la fe cristiana alcancen una comprensión
adecuada de aquello que creen y descubran
en qué medida sus afirmaciones de fe les
traen la salvación. Porque el Nuevo Testamento,
a cuya luz hay que leer e interpretar el
Antiguo, nació en la Iglesia que es el hogar
de la Palabra, en la que ésta vive y fructifica
de manera habitual. La misma Iglesia tiene
la misión de interpretar de forma autorizada
el sentido auténtico de la Palabra. Y los
pronunciamientos solemnes de la Iglesia sobre
Jesucristo, sobre Dios, sobre el hombre y
sobre la salvación no son otra cosa que la
explicitación de la Sagrada Escritura a la
luz de las preguntas y necesidades de la
comunidad cristiana. Para realizar esta misión
que le ha sido encomendada por el Señor,
cuenta con la ayuda del Espíritu Santo. Y
tan nocivo como desconocer la Sagrada Escritura
es no repartir la enseñanza oficial de la
Iglesia a quien desea iniciarse en la fe;
o contraponer a ambas, como si fueran elementos
que se deben separar entre sí.
3) Las afirmaciones centrales de la fe.
A la hora de plantear una catequesis de iniciación,
es importante recordar lo que ha enseñado
el Vaticano II. A saber, "que existe
un orden o 'jerarquía' de las verdades de
la doctrina católica, según su conexión con
el fundamento de la fe cristiana" (UR
11). Siendo, pues, importantes todos los
aspectos de la fe, en la etapa de la iniciación
hay que centrarse en los cimientos del Evangelio,
que están constituidos por la encarnación,
la muerte y la resurrección de Jesucristo;
por el don del Espíritu, Señor y Dador de
vida, que transforma el corazón de los creyentes,
los hace miembros del Pueblo de Dios y renueva
sin cesar a la Iglesia; por la fe en la creación
del mundo, que nos lleva a empezar nuestra
confesión proclamando a Dios creador del
cielo y de la tierra; por el hecho de que
hemos sido redimidos por Jesucristo, que
ha vencido al pecado y a la muerte; y por
la esperanza en la resurrección futura y
en la transformación final de nuestra historia.
Como contrapeso a una catequesis que se había
centrado de manera preferente en los elementos
doctrinales, se ha pasado a una situación
en que se valora escasamente la doctrina.
Y lo que era un impulso saludable, ha llevado
a numerosos cristianos a vivir la fe como
una actitud difusa de confianza en la Trascendencia,
sin saber qué creen ni en quién confían.
No es raro que las consultas sociológicas
pongan de manifiesto el gran desconocimiento
sobre fe y sobre moral por parte de personas
que se consideran fieles practicantes. Más
que un desacuerdo con las enseñanzas del
Magisterio, que también se da en algunos
casos, su problema consiste en que desconocen
aspectos de la doctrina que nadie les enseñó,
a pesar de que son fundamentales. Y no me
refiero al recuerdo sólo memorístico de las
fórmulas correctas, sino al conocimiento
responsable y actualizado de las mismas,
pues hay que tener la audacia de explicar
la verdad de siempre y las fórmulas tradicionales
mediante un lenguaje que sea exquisitamente
fiel y, al mismo tiempo, comprensible para
el hombre de hoy (cf GS 78).
2.2. La interiorización personal de las Bienaventuranzas
y de sus consecuencias.
De poco serviría conocer y confesar la verdad,
si la persona que se inicia en la fe católica
no aprende a conocer y a practicar las consecuencias
morales que lleva consigo la fe en Jesucristo.
El apóstol Santiago avisa de manera tajante
que la fe, si no tiene obras, está realmente
muerta" (St 2,17), y el mismo Jesús
llama dichosos a los que, además de escuchar
la Palabra de Dios, la llevan a la práctica
(cf Mt 7, 21-27).
1) La espiritualidad de las Bienaventuranzas.
De ahí que un elemento esencial de la vida
de fe consista en conocer y llevar a la práctica
los valores evangélicos. Además de los Diez
Mandamientos, que constituyen el punto de
partida, hay que animar al que se inicia
en el Evangelio a situarse en el horizonte
de las Bienaventuranzas. La meditación asidua
de las palabras, los hechos y la vida entera
de Jesús de Nazaret son el mejor punto de
referencia para encontrar la respuesta adecuada
a cada situación humana en la que nos encontremos
luego. Pero es necesario que el cristiano
descubra que su fe consiste también en revestirse
de Jesucristo y configurarse con Él (cf Ga
3, 27), realizando la verdad en el amor (cf
Ef 4, 15), y que si falta, en su vida, esta
respuesta, es señal de que no ha acogido
la llamada del Señor (cf Mt 21, 28-31).
2) Prioridades en la formación integral de
la persona.
Esta dimensión de la iniciación en la fe
no consiste sólo en la enseñanza teórica
de los valores evangélicos y de las exigencias
morales que se derivan del seguimiento de
Jesucristo. Se trata más bien de ayudar a
la persona a conocerse y a empezar a caminar
por sí misma. Es una tarea en la que entra
en juego la mejor pedagogía, para que la
persona analice y eduque sus sentimientos,
fortalezca su voluntad y descubra la importancia
del acompañamiento en su proceso creyente.
Un acompañamiento que puede revestir formas
diversas, pero que considero imprescindible
para que el creyente progrese en su vida
de fe y alcance la madurez necesaria.
Al abordar la iniciación en los valores del
Reino, conviene tener en cuenta las prioridades
que ha señalado Juan Pablo II. En un mundo
crucificado por la pobreza y el abismo creciente
que aleja a los pueblos pobres del disfrute
de los bienes necesarios, el Papa nos alienta
a "la práctica de un amor activo y concreto
hacia cada ser humano", pues "si
verdaderamente hemos partido de la contemplación
de Cristo, tenemos que saberlo descubrir
sobre todo en el rostro de aquellos con los
que Él mismo ha querido identificarse",
en el rostro de los empobrecidos (cf Mt 25,
31ss) (NMI 49). De ahí que nos diga: "Es
la hora de una nueva 'imaginación de la caridad',
que promueva no tanto y no sólo la eficacia
de las ayudas prestadas, sino la capacidad
de hacerse cercanos y solidarios con quien
sufre" (NMI 51).
3) Asumiendo los valores tradicionales y
los nuevos.
Junto a esta primacía de la caridad, y como
un aspecto importante de la misma, conviene
inculcar a los creyentes la importancia de
valores tradicionales que son inseparables
del Evangelio (cf EN 31), como la lucha por
la justicia y la defensa de una paz justa,
basada en el respeto de los derechos humanos
(cf PIT, 60-65); y también de valores que
vamos descubriendo, como la ecología y el
uso de la ciencia según los principios éticos,
que respetan la dignidad de la persona, y
llevan a su desarrollo y al progreso de los
pueblos (cf NMI, 51). Estos nuevos valores
constituyen urgencias que desafían al cristiano
a dar testimonio de su fe.
Además, gozan de notable aprobación, también
por parte de personas que no se confiesan
creyentes, por lo que no resulta especialmente
difícil acogerlos con agrado. Pero la especial
relevancia y urgencia de los mismos no debe
hacernos olvidar aquellas actitudes evangélicas
que gozan de menor aprobación en la cultura
actual y constituyen, sin embargo, aspectos
irrenunciables de la existencia cristiana.
Me refiero a la pobreza, la humildad, la
austeridad y la mortificación de las apetencias
sensuales.
4) Con los sentimientos de Jesucristo.
Además de la razón, mediante la cual se descubre
y analiza la belleza intrínseca de los valores
evangélicos; y de la voluntad, que permite
a la persona ser dueña de sí y de sus impulsos
para adherirse con firmeza a lo que descubre
como su verdadero bien, el creyente ha de
prestar atención a la educación de su emotividad
y al control posible de la misma. San Pablo
invitaba a los fieles de Filipos a tener
los sentimientos de Jesucristo (Cf Fl 2,
5) y, en su carta a los Gálatas, presenta
a los sentimientos básicos del hombre como
frutos del Espíritu Santo (cf Ga 5, 22-23).
También la pedagogía actual insiste en el
notable papel que desempeñan los sentimientos
en la vida de la persona y en la necesidad
de fomentarlos, especialmente los sentimientos
positivos.
De ahí la importancia de emplear la narración,
la imagen, el canto, los símbolos, los ritos
y todas aquellas experiencias comunitarias
de fe que lleguen al núcleo más hondo de
la persona: al corazón. Es una de las grandes
intuiciones de los catecumenados que se desarrollan
actualmente en comunidad.
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