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Obispo de la Diócesis
Edificar sobre roca (II)
Segunda parte
01/11/2002
2.3. El sentido de la celebración litúrgica
y su asimilación.
Se advierte entre nosotros una importante
decadencia de la fuerza expresiva de las
celebraciones litúrgicas. En parte, porque
el deseo bien intencionado de hacerlas más
cercanas ha llevado a restarles la solemnidad
y la belleza que nos pueden servir de trampolín
hacia el Misterio. Tal vez hemos olvidado
que los ritos pertenecen a la esencia misma
del hombre, como se echa de ver en acontecimientos
de la vida ordinaria, que han recuperado
sus ritos y sus símbolos con el fin de hablar
a la totalidad de la persona. Tomemos como
ejemplos el congreso de un sindicato, la
entrega de los títulos en la universidad
o la celebración de un acontecimiento deportivo
de relieve. En todos ellos podemos observar
que la persona necesita un lenguaje integral
y símbolos que provoquen en los asistentes
sentimientos de implicación y de integración.
1) El sentido teológico de la Liturgia.
Por otra parte, numerosos cristianos carecen
de una comprensión seria del sentido y del
espíritu de la liturgia. Desconocen que en
ella "se ejerce la obra de nuestra redención"
(SC 1), y que "la liturgia es la cumbre
a la que tiende la acción de la Iglesia y,
al mismo tiempo, la fuente de donde mana
toda su fuerza" (SC 10). Deudores de
la centralidad absoluta del hombre que domina
nuestra cultura, olvidamos que el Evangelio
no es una propuesta ética que deja en nuestras
manos y en nuestras obras la salvación del
mundo, sino la Buena Noticia de que Dios
nos ama y nos salva por la fe.
Para algunos, la Eucaristía del domingo es
la fiesta en la que la mesa compartida crea
comunidad y sostiene las esperanzas por un
mundo más justo y más humano. Pero no ponen
de relieve que "es la Pascua de la semana,
en la que se celebra la victoria de Cristo
sobre el pecado y la muerte, la realización
en Él de la primera creación y el inicio
de la 'creación nueva'. Es el día de la evocación
adoradora y agradecida del primer día del
mundo y, a la vez, la prefiguración, en la
esperanza activa, del 'último día', cuando
Cristo vendrá en su gloria" (DD 1).
Una iniciación cristiana básica exige cuidar
también esta dimensión litúrgica de las personas
que tratan de adentrarse en la fe. Empezando
por desvelarles el sentido de la liturgia
en general, como puente que nos adentra en
el Misterio a partir de símbolos y ritos
tomados de la vida cotidiana. Aunque su lenguaje
simbólico no tiene la precisión conceptual
de la palabra, nos permite vislumbrar esa
Trascendencia amiga que nos ama y que nos
envuelve en medio de la vida cotidiana. Dicho
con otras palabras, nos introduce en el sentido
inabarcable de palabras como Dios, Providencia,
Salvación y Vida Eterna. De ahí la importancia
de su belleza y de la capacidad evocadora
de sus ritos.
2) Los sacramentos, fuente de la santidad.
Por lo pronto, conviene recalcar que la santidad
cristiana básica nos llega mediante los sacramentos.
Dicha santidad es un don y no consiste en
nuestra respuesta agradecida de amor a Dios
y al hombre, sino en el amor que Dios derrama
en el corazón de sus hijos por el Espíritu
Santo. Con palabras del Vaticano II, "mediante
el bautismo, los hombres se insertan en el
misterio pascual de Cristo; mueren con Él,
son sepultados con Él y resucitan con Él;
reciben el espíritu de adopción de hijos,
en el que clamamos Abba, Padre; y así se
convierten en los verdaderos adoradores que
busca el Padre" (SC 6). "La renovación
de la alianza del Señor con los hombres en
la Eucaristía enciende y arrastra a fieles
al urgente amor de Cristo. Por consiguiente,
de la liturgia, sobre todo de la Eucaristía,
mana hacia nosotros, como de una fuente,
la gracia y con la máxima eficacia se obtiene
la santificación de los hombres en Cristo
y la glorificación de Dios, a la que tienden
todas las demás obras de la Iglesia como
a su fin" (SC 9).
Es verdad que la mayoría de nuestros fieles
reciben el bautismo en la infancia y no siempre
perciben la Confirmación y la Eucaristía
como la plenitud de la existencia cristiana.
Precisamente por ello, tenemos que buscar
los medios necesarios para ahondar en el
espíritu de la liturgia y para actualizar
el dinamismo bautismal que habita en ellos.
Comprendo que no es cometido fácil, pero
vale la pena emplear en él nuestros mejores
esfuerzos.
3) El sacramento de la penitencia.
En este proceso, está llamado a desempeñar
un importante papel el sacramento de la penitencia,
aunque él mismo no pertenezca a la Iniciación
cristiana. Nos permite, sin embargo, recuperar
la gracia bautismal que hemos dilapidado
por el pecado personal grave. Pero vemos
que numerosos creyentes sinceros tienen dificultades
para captar el sentido de este sacramento
y para acercarse a él. El Sínodo que estudió
la situación actual de la Iglesia nos ofreció
importantes sugerencias que no hemos sabido
llevar a la práctica. Pero estamos a tiempo
y la actitud que debemos adoptar no es la
de pasividad ante las dificultades presentes,
sino la que pide el Papa, cuando invita a
"una renovada valentía pastoral, para
que la pedagogía cotidiana de la comunidad
cristiana sepa proponer de manera convincente
y eficaz la práctica del sacramento de la
reconciliación" (NMI 37). Y nos recuerda
algunos aspectos de la celebración del Sacramento
de la Penitencia en su reciente Carta Apostólica
"Misericordia Dei".
4) Elementos para el desarrollo de la espiritualidad
litúrgica.
El elemento más importante para que la persona
se integre en las celebraciones de la liturgia
es que haya una comunidad viva y participativa,
que las prepara con esmero y las celebra
con gozo evangélico. Cuando falta la comunidad
cristiana y las personas que participan no
se ven a sí mismas, a través de los cantos
y de las respuestas comprometidas, como miembros
vivos de un "nosotros", decaen
la atención y el interés de cada uno, que
se siente aislado entre los demás por muy
numerosa que sea la asistencia.
Otro de los elementos básicos es la belleza
y delicadeza de los símbolos que se realizan,
el conocimiento de los mismos y el ritmo
armonioso que se sigue. En el caso de la
Liturgia cristiana, la sencillez no debe
hacernos olvidar que Jesús celebró la Cena
Pascual en el seno de una liturgia judía
muy cuidada, hasta en sus mínimos detalles,
y que tuvo interés en procurarse una sala
adecuada y bien aderezada para el caso. Si
los creyentes que asisten de manera asidua
a la misa desconocen el sentido de algunos
ritos y si no logran integrar en la celebración
esos aspectos tan cotidianos de su vida como
son la gratitud, la alabanza llena de admiración,
la necesidad de ayuda, el perdón y la ofrenda
de sus alegrías y de sus penas, es señal
de que algo está fallando. Al no tener una
visión pormenorizada de los diversos elementos
y de cada una de las partes de la Eucaristía,
no consiguen llevar su existencia entera
a la misa que celebran ni convertir su vida
en una ofrenda existencial al Señor.
Finalmente, el Año Litúrgico nos ofrece la
posibilidad de impartir una educación litúrgica
profunda y de reavivar nuestro bautismo,
especialmente aprovechando la gran riqueza
de lecturas a lo largo de la Cuaresma y de
la Pascua.
2.4. El descubrimiento de la oración y la
práctica de la misma.
Tras insistir en que la santidad es la perspectiva
en que debe situarse siempre la tarea pastoral
del cristiano y que necesitamos "una
pedagogía de la santidad", Juan Pablo
II afirma: "Para esta pedagogía de la
santidad es necesario un cristianismo que
se distinga ante todo en el arte de la oración.
(...) Pero sabemos bien que rezar no es algo
que pueda darse por supuesto. Es preciso
aprender a orar, como aprendieron de nuevo
este arte de los labios mismos del divino
Maestro los primeros discípulos" (NMI
32).
1) La oración y su aprendizaje.
El estudio de las religiones nos ha puesto
en evidencia que la oración es la primera
manifestación y la más honda que provoca
la experiencia del Misterio en el ser humano.
Es la respuesta habitual de los creyentes
al encuentro con Dios; respuesta que se realiza
bajo la forma de alabanza, de gratitud, de
petición de perdón y de petición de ayuda.
Por eso podemos afirmar que donde cesa la
oración, la actitud religiosa desaparece.
Y es natural pues todo el que cree en Dios
desea comunicarse con Él.
Esta tendencia espontánea se ha visto enriquecida
por los testimonios y las enseñanzas de los
grandes orantes y requiere un aprendizaje,
porque no vivimos en una cultura como la
de antaño, en la que orar era un componente
normal de la vida, ya que se rezaba en casi
todos los hogares y no se concebía la fiesta
sin oración comunitaria. Era una cultura
en la que también ocupaban un lugar importante
actitudes como la escucha, el silencio y
la contemplación. Pero nosotros vivimos en
la cultura secularizada de las prisas, del
pragmatismo y de la sospecha. Y no son pocos
los creyentes que se preguntan si la oración
tiene un sentido o es una especie de monólogo
engañoso con las propias sensaciones. Deslumbrados
por las Bienaventuranzas y por el amor de
Jesús a los pobres, algunos cristianos opinan
que el Evangelio consiste en el compromiso
ético con los demás y olvidan que Jesús se
nos manifiesta en los relatos evangélicos
como un hombre de oración, que se pasaba
las noches enteras dialogando con su Padre.
Sobre todo, cuando tenía que tomar decisiones
graves como la elección de los Apóstoles,
la fidelidad al mesianismo del Siervo sufriente,
el anuncio de su pasión y la aceptación libre
de la cruz.
De ahí la importancia de enseñar al creyente
a rezar y de iniciarle en la práctica de
la oración. Necesita descubrir en qué consiste
orar y conocer los diversos caminos de oración,
el sentido de esta práctica, la manera de
afrontar las dificultades que se pueden presentar
y cómo se diferencia la oración de sus posibles
falsificaciones. Además de la oración litúrgica,
que tiene su cumbre en la Eucaristía, el
hombre tiene necesidad de la oración personal,
que le permite escuchar la voz de Dios, discernir
su llamada a través de los acontecimientos
cotidianos y encontrar la fuerza necesaria
para amar y servir a los demás.
Y aunque el verdadero Maestro de oración
es el Espíritu, que ora en nosotros con gemidos
inefables (Ga 4,6), necesitamos también aprender
a orar en la escuela de los grandes orantes
cristianos. Los seguidores de Jesucristo
tenemos en Él un ejemplo formidable y una
manera propia de dirigirnos a Dios, pues
tenemos que orar en Cristo, por Cristo y
con Cristo (cf Jn 15 y 17); en su nombre
(cf Jn 15, 16), pero necesitamos adentrarnos
en la práctica. Por consiguiente no es suficiente
conocer las diversas formas de oración y
a dominar las técnicas que se han revelado
útiles, sino que es necesario ese aprendizaje
personal que se traduce en el hábito de oración.
2) La oración nos lleva a la acción.
En lugar de alejarnos de la vida real, la
oración cristiana nos acerca a las situaciones
concretas con la mirada de la fe. Por eso
nos permite situarnos de una manera más profunda
y absolutamente original ante los hechos
sociales. Es una oración que parte de la
vida tal como es, la contempla y la analiza
a la luz de la Palabra, y percibe en ella
la llamada de Dios a ponernos en camino.
Cada página del Evangelio es una invitación
de Jesús a mirar la vida con los ojos de
la fe y a dar la respuesta adecuada. Una
torre que se derrumba y provoca algunas muertes,
los invitados a un banquete que buscan el
primer puesto, una muchedumbre que le sigue
y está hambrienta a la caída de la tarde
y hasta el germinar de las flores y el canto
de los pájaros le sirven para invitar a sus
oyentes a que descubran la presencia y la
llamada de Dios y den la respuesta que está
esperando del hombre.
3) Hay que descubrir las huellas de Dios
también en el mundo de la ciencia y de la
técnica.
Precisamente porque no resulta fácil descubrir
las huellas de Dios en este mundo secularizado,
en el que todo nos habla del hombre y de
su iniciativa, necesitamos que alguien nos
enseñe a escuchar el rumor de sus pasos por
la cultura moderna y cuáles son los frutos
que podemos esperar de la oración. A primera
vista, ya no necesitamos orar, porque hemos
aprendido a resolver nuestros asuntos con
bastante eficacia.
Pero es ahí donde surge el sentido más hondo
de la oración cristiana: en la constatación
de que tenemos de todo en abundancia, de
que hemos transformado el mundo y, sin embargo,
carecemos de metas y de fines. La oración
nos ayuda a recuperar la profundidad de la
existencia humana y a desentrañar el misterio
del hombre, porque nos abre un horizonte
de sentido y nos da la fuerza necesaria para
acoger el Reino de Dios que se nos ha dado
en Jesucristo.
2.5. El discernimiento de la voz de Dios
y la respuesta creyente.
En alguna ocasión, Jesús recriminó a sus
oyentes porque no sabían discernir los signos
de los tiempos (cf Lc 9, 54-56). El Vaticano
II se sirvió de esta expresión evangélica
para referirse a los acontecimientos históricos
en los que los creyentes podemos detectar
la llamada divina y una invitación a dar
respuestas evangélicas que cambien las situaciones
de pecado en caminos de vida (cf GS 4,9;
PO 9). Pero si no sabemos realizar un discernimiento
evangélico certero, es imposible nuestra
respuesta evangélica y nuestra contribución
a la historia.
1) Hay que mirar el mundo a la luz de la
fe.
Algunos movimientos apostólicos han desarrollado
una pedagogía activa del arte de discernir
mediante el método que llaman revisión de
vida. Intentan conocer con rigor y hondura
los hechos, sus causas y sus consecuencias.
Pero no se conforman con una mirada simple
o interesada, desde el punto de vista de
la eficacia y de los intereses económicos
o de otro tipo, sino que tratan de buscar
luz en el Evangelio para encontrar el punto
de vista cristiano. Es decir, intentan mirar
la realidad con los ojos de Jesucristo para
hacer un juicio de valor y hallar la respuesta
evangélica oportuna.
Esta práctica, avalada por una larga experiencia,
transforma simultáneamente el corazón de
la persona y sus actitudes más profundas,
para que ésta cambie lo que es una historia
de pecado en una historia de salvación. Pues
como dice el Vaticano II, "solamente
con la luz de la fe y la meditación de la
Palabra de Dios es posible reconocer siempre
y en todo lugar a Dios, en quien 'vivimos,
nos movemos y existimos'; buscar su voluntad
en todos los acontecimientos, ver a Cristo
en todos los hombres, tanto cercanos como
extraños; juzgar rectamente sobre la verdadera
significación y el valor de las realidades
temporales, consideradas en sí mismas y en
orden al fin del hombre" (AA 4). Todo
ello, para "la renovación del orden
temporal", al que hay que "impregnar
con el espíritu evangélico" (AA 5).
Es necesario, pues, que los laicos "asuman
como obligación suya propia la instauración
del orden temporal y que actúen en él de
una manera directa y concreta, guiados por
la luz del Evangelio y el pensamiento de
la Iglesia y movidos por el amor cristiano"
(AA 7).
2) La doctrina social de la Iglesia.
Esta misión se puede desarrollar de forma
individual, a través del compromiso personal
en el trabajo, en la vida de familia y en
diferentes plataformas civiles, y también
de manera asociada. En ambos casos se requiere
el hábito del discernimiento evangélico y
un buen conocimiento de la doctrina social
de la Iglesia. Esta enseñanza es una aplicación
del Evangelio, que permita a los cristianos
hacerse un juicio correcto ante los acontecimientos
y las circunstancias del mundo contemporáneo.
Pues, con palabras de Juan Pablo II, "es
notorio el esfuerzo que el Magisterio eclesial
ha realizado, sobre todo en el siglo XX,
para interpretar la realidad social a la
luz del Evangelio y ofrecer de modo cada
vez más puntual y orgánico su propia contribución
a la solución de la cuestión social, que
ha llegado ya a ser una cuestión planetaria.
Esta vertiente ético-social se propone como
una dimensión imprescindible del Evangelio.
Se debe rechazar la tentación de una espiritualidad
oculta e individualista, que poco tiene que
ver con las exigencias de la caridad, con
la lógica de la Encarnación y, en definitiva,
con la misma tensión escatológica del cristianismo"
(NMI 52).
3) La presencia de los cristianos en el mundo.
Incluir esta dimensión de la fe en la Iniciación
cristiana significa entender que "el
mensaje cristiano no aparta a los hombres
de la tarea de la construcción del mundo
ni les impulsa a despreocuparse del bien
de sus semejantes, sino que les obliga más
a llevar a cabo esto como un deber"
(GS 34). Más que una consecuencia de la misión
evangelizadora de la Iglesia es un aspecto
integrante de la misma, ya que el anuncio
del Evangelio se realiza, como la revelación
divina, con la palabra y con el lenguaje
de los hechos (cf DV 2).
La democracia liberal pretende que la religión
es una amenaza para la libertad y trata de
erradicar de la vida pública todo testimonio
religioso. Según esta ideología, la fe en
Dios es un asunto puramente privado, sin
ninguna base intelectual seria y, como tal,
ha de ser desterrado de la vida pública.
Este "desalojo de Dios" ha traído
consigo una pérdida grave de humanidad, pues
como ha dicho Juan Pablo II en diferentes
ocasiones, la muerte de Dios es la muerte
del hombre (cf EV 8, 21-24). De ahí la importancia
de la presencia cristiana en la universidad,
en el campo de la investigación, en la vida
sindical y económica, en la vida política
y en todo tipo de asociaciones ciudadanas.
2.6. La inserción en la comunidad cristiana.
Al presentar a la Iglesia como Pueblo de
Dios, el Concilio Vaticano II ofreció los
fundamentos bíblicos y teológicos del carácter
comunitario de la fe, que se debe vivir como
una comunión de vida, de esperanza y de amor.
Por eso nos recuerda que Dios "quiso
santificar y salvar a los hombres no individualmente
y aislados, sin conexión entre sí, sino hacer
de ellos un pueblo para que le conociera
de verdad y le sirviera con una vida santa"
(LG 9).
1) Se ha progresado en la vivencia comunitaria
de la fe cristiana.
Este carácter comunitario de la fe se concreta
en la confesión del mismo Credo, en la celebración de los mismos sacramentos
y en la práctica de la misma caridad. Pero
la cultura actual, con su exaltación exacerbada
del subjetivismo y el individualismo, amenaza
con provocar una ruptura de la comunión eclesial
en materia de fe y de moral. Pero no me refiero
al pluralismo en las cuestiones opinables,
que es una riqueza y fuente de renovación,
sino al rechazo de cuestiones sobre las que
la Iglesia ha tomado ya decisiones irrevocables.
Aún así, debemos reconocer que, a raíz del
Concilio Vaticano II, que ha tenido el acierto
de presentar a la Iglesia como una comunión
de personas, se ha progresado de manera significativa
en la dimensión comunitaria de la fe. Entre
otros aspectos, deseo subrayar la conciencia
y la práctica de la corresponsabilidad en
la comunidad cristiana, el desarrollo de
los ministerios laicales, la presentación
de la Iglesia como Comunión y Pueblo de Dios
y el carácter comunitario de las celebraciones
litúrgicas. También es una riqueza la multiplicidad
de carismas y de grupos que hay en nuestra
Iglesia diocesana y el hecho de que tratemos
de trabajar pastoralmente en comunión, en
torno a un Proyecto Pastoral que no disperse
los esfuerzos por hacer presente a Dios en
nuestro mundo.
2) Hay que fomentar los organismos de participación
y comunión.
Sin embargo, creo que se ha avanzado más
en la teoría que en la práctica. Depende
de todos alentar esa educación comunitaria
de la vida cristiana que, sin reprimir la
variedad y la riqueza de los dones del Espíritu,
permita seguir profundizando en la dimensión
comunitaria de nuestra existencia creyente.
El soporte necesario para que las convicciones
se transformen en realidades es la presencia
de comunidades cristianas vivas. Y esto depende,
en medida notable, del buen funcionamiento
de los diversos organismos parroquiales de
programación, de gestión y de revisión. Pienso
en el Consejo Pastoral Parroquial, en el
Consejo de Economía, en grupos estructurados
y activos de Catequistas, de Cáritas, de
responsables de Liturgia, de Pastoral de
la Salud y de los movimientos apostólicos
presentes en la parroquia. Aunque puede parecer
un sueño el deseo de que todas las personas
pertenecientes a una parroquia constituyan
una comunidad cristiana, no es imposible
crear y desarrollar un sólido dinamismo comunitario,
a partir de los diversos sectores y grupos,
que convierten el conjunto parroquial en
una comunidad de comunidades.
Pero sabiendo que, también en este aspecto,
el elemento decisivo es la comunión de vida
con el Padre, con el Hijo y con el Espíritu,
que brota del bautismo y se alimenta en la
celebración de la Eucaristía. Pues el hombre
es imagen de Dios y semejante a Él en la
medida en que imita la comunión trinitaria;
esa Comunión en la que cada una de las tres
Personas Divinas necesita de las otras para
ser ella misma. De igual modo, los humanos
sólo somos personas auténticas cuando, alentados
por la comunión con Dios, desarrollamos unas
relaciones amorosas correctas con los otros.
Es lo que también nos enseña San Pablo con
la imagen del Cuerpo Místico: somos verdaderos
seguidores del Señor cuando nos comportamos
como miembros del Cuerpo de Cristo y vivimos
en una relación de amor y de servicio con
los demás (cf 1Co 12, 12-19).
III. LOS ÁMBITOS DE LA INICIACIÓN CRISTIANA
Nuestro Proyecto Pastoral Diocesano quiere
ser un camino compartido por todas las parroquias
y comunidades, para llevar a cabo la evangelización
a lo largo de los años venideros. En su intento
de ser un instrumento práctico y eficaz,
propone para este curso centrar todos los
esfuerzos en tres campos muy concretos: la
catequesis de Iniciación cristiana, la juventud
y la familia. A ellos me voy a ceñir, para
decir algunas palabras sobre la Iniciación
cristiana en cada uno de estos ámbitos. No
pretendo añadir nuevos elementos a cuanto
exponen con claridad y notable competencia
los materiales que se han elaborado y publicado
en apoyo del Proyecto Pastoral Diocesano.
Mi intención es subrayar y resaltar algunos
aspectos que considero particularmente necesarios
para nuestra Iglesia.
3.1. Hacia una profunda renovación de nuestra
tarea catequética
Como no podía ser menos en una Iglesia Local
que ha tenido por Obispo y por maestro al
excelente catequista que es el Beato Manuel
González, la Diócesis de Málaga ha realizado
esfuerzos muy notables antes y después del
Vaticano II. Cuando he visitado las parroquias,
he observado que contamos con un importante
número de catequistas preparados y generosos
y que la catequesis a diferentes niveles
suele estar muy bien organizada y arraigada
en las parroquias. Tanto la que se imparte
a los niños que desean recibir la primera
comunión, como la que se imparte a sus padres
y la que denominamos de perseverancia.
Aunque en medida notablemente inferior, también
hay parroquias que ofrecen una catequesis
de calidad a los adolescentes. Y está cobrando
mucha fuerza y vitalidad entre nosotros la
catequesis de adultos. Aparte de los grupos
apostólicos que la imparten a sus miembros,
también en las parroquias o fuera de ellas,
va en aumento también esta catequesis. La
publicación diocesana "Proyecto de pastoral de Iniciación
Cristiana" da puntos de vista, que considero muy atinados,
sobre lugares, objetivos, condiciones y criterios
de esta experiencia y sus posibilidades.
Por mi parte, os ofrezco a continuación algunos
puntos de vista muy concretos sobre la Iniciación
cristiana, que me preocupan de una manera
especial. Se refieren tanto a los niños como
a los adolescentes y a los adultos, y son
los siguientes.
1) El papel fundamental del catequista.
Soy consciente de que "los Obispos son
los primeros responsables de la catequesis,
los catequistas por excelencia" (DGC
223) y de que los sacerdotes comparten con
el Obispo esta misión, pues "la función
propia del presbítero en la tarea catequizadora
brota del sacramento del Orden que ha recibido"
(DGC 224). Por consiguiente, tanto el Obispo
como el sacerdote han de estar siempre muy
cerca de los catequistas seglares, alentando
su formación permanente integral, su capacitación
técnica y su vida de fe. Uno de los servicios
más valiosos que el sacerdote puede prestar
a su comunidad es la formación de un equipo
de catequistas que unan al deseo de ser santos,
una síntesis clara de la fe que profesan
y van a transmitir y una inquietud permanente
por renovar el modo de hacerlo. Y ello requiere
programas bien estructurados y métodos de
trabajo adecuados a la situación del grupo.
No siempre serán posibles en el ámbito parroquial
y, por eso, tenemos que acostumbrarnos a
trabajar teniendo en cuenta el arciprestazgo.
El elemento más decisivo de la catequesis
consiste, a mi entender, en que el catequista
sea un buen cristiano: un testigo cercano
y veraz, que ame la Iglesia, tenga clara
su identidad cristiana, manifieste con toda
su vida la alegría y la gratitud de ser un
seguidor de Jesucristo y participe en las
celebraciones litúrgicas. Especialmente cuando
se educa en la fe a los adolescentes y a
los niños, los sentimientos y actitudes que
el catequista transmite y contagia revisten
una importancia especial. Y es preferible
que no se imparta ninguna catequesis a turbar
el corazón de quienes la reciben con dudas,
con una escasa o nula valoración de las celebraciones
litúrgicas, con una presentación falsa o
ambigua de las verdades de la fe, con sentimientos
negativos frente a la Iglesia, con frialdad
o indiferencia ante la eucaristía del domingo,
con nula sensibilidad relativa a los problemas
de la justicia y de la paz, con actitudes
mentales cerradas en relación con el amor
al mundo y con cualquier tipo de intransigencia
y de falsas seguridades. Todos sabemos que
es más fácil lograr frutos de un terreno
virgen que de un terreno que han arrasado
las tormentas.
En su proceso de formación permanente, los
catequistas deben preguntarse con honestidad
si intentan vivir ellos mismos el Evangelio
y qué mensaje transmiten con su vida diaria.
No basta con ser un buen pedagogo y una buena
persona, hay que tener muy clara la propia
identidad cristiana y la pertenencia eclesial.
Aunque no seamos santos, es importante que
todos tengamos un deseo ardiente de serlo,
porque entonces Dios pone lo demás.
2) La educación en los valores del Reino.
Hace algunos años, estuvo de moda la educación
permisiva de los niños y adolescentes. Para
no traumatizarlos ni reprimirlos, se invitaba
a que fueran ellos mismos quienes, de manera
espontánea, descubrieran los valores y los
hicieran suyos. Era un objetivo noble en
sí, pero que no tenía en cuenta que los seres
humanos no viven ni se desarrollan en un
clima aséptico. A través de la radio, la
televisión, el cine, la prensa y otros medios,
el ser humano está recibiendo continuamente
mensajes más o menos interesados. Por eso
ha fracaso la educación permisiva. En la
actualidad, se ve nuevamente la conveniencia
de proponerles aquellos valores que se consideran
importantes para su vida y para la convivencia
humana.
Desde el punto de vista de la iniciación
en la fe, la propuesta de los valores del
Reino se debe iniciar en la primera infancia,
en el seno de la familia y se debe continuar
en las diferentes etapas de la catequesis.
No es una tarea fácil, ya que hoy los valores
evangélicos no están vigentes en nuestra
sociedad. Sin embargo, en el caso de los
niños y adolescentes, su gran receptividad
nos invita a proponerles ese núcleo de valores
que constituyen el espíritu de las Bienaventuranzas.
Pienso básicamente en la bondad, en la mansedumbre,
en la limpieza de corazón, en la sinceridad,
en la grandeza de alma y en el amor a todos
sin discriminación. Junto a ellos, esos nuevos
valores que hunden sus raíces en la Biblia
y gozan también de cierta aceptación social.
Entre ellos, el sentido de la justicia, el
amor a la naturaleza, la lealtad y la cercanía
a los débiles y marginados.
Cuando se trabaja con adultos, estos valores
exigen una presentación dialogada, pero no
se deben dar por sabidos. La experiencia
personal puede haber provocado una actitud
de duda o desencanto frente al espíritu de
las Bienaventuranzas, y un aspecto de la
educación de la fe en el caso de los adultos
consiste en asumir el realismo sin perder
la fe en la fuerza transformadora del Espíritu
Santo, que nos hace pasar de la muerte a
la vida. Y como dice la publicación diocesana
sobre el tema, "la catequesis de adultos
ha de tener muy en cuenta las experiencias
vividas, los condicionamientos y desafíos
que tales adultos encuentran, así como sus
múltiples interrogantes y necesidades respecto
a la fe. En consecuencia, cabe distinguir
entre: adultos creyentes, adultos bautizados
que no recibieron una catequesis adecuada;
o no han completado su iniciación cristiana
o que se han alejado de la fe y adultos no
bautizados que necesitan, en sentido propio,
un verdadero catecumenado" (Proyecto Pastoral de Iniciación Cristiana,
pg 106).
Además de la presentación motivada de los
mismos, estos valores requieren unos hábitos
que no son fáciles de adquirir. Si la primera
infancia es el momento oportuno para proponerlos
y lograr su aceptación, la adolescencia y
la juventud son la etapa en la que hay que
desarrollar y fortalecer la voluntad, para
que no queden en simple teoría. Y por muchos
años que se tengan, en el caso de los adultos,
nunca es tarde para iniciar un plan de vida
que lleve a la conversión De nada serviría
una enseñanza teórica de la fe, si luego
no se promueve la práctica de una vida verdaderamente
evangélica
3) La iniciación en la vida litúrgica.
Un niño que no ha recibido aún la primera
comunión no tiene por qué participar cada
domingo en la celebración de la misa. Aun
así, es importante que se habitúe a las celebraciones
litúrgicas. Para ello, conviene que se organicen
diversas celebraciones para momentos claves
del proceso. Celebraciones que debe compartir
en alguna medida la comunidad parroquial.
La manera de realizar dichas celebraciones
tiene que transmitir el mensaje de que la
primera comunión no es un asunto de los niños
y de su familia, sino algo que afecta a toda
la parroquia.
Durante el primer año, estas celebraciones
no tienen por qué ser la Eucaristía completa,
pero sí que deben tener el necesario relieve
para poner de manifiesto que las celebraciones
son un elemento básico del proceso que han
iniciado, algo que deben ir asumiendo, porque
será parte de su vida cuando hayan celebrado
la fiesta de la primera comunión. A lo largo
de todo el proceso, además de recibir una
explicación apropiada de las partes y símbolos
de la Eucaristía, hay que empezar a acostumbrarlos
a celebrarla los domingos, de manera que
esta práctica empiece a ser habitual en el
tercer año. Y tiene gran valor el ejemplo
y la presencia de los catequistas en la Eucaristía.
Cuando los niños no los ven en la misa del
domingo, tratándose de personas que viven
en el entorno parroquial, reciben un mensaje
negativo sobre la importancia de las celebraciones.
En el caso de los jóvenes y de los adultos,
la celebración tiene una importancia más
decisiva. Actualmente se corre el riesgo
cierto de reducir el Evangelio a una ética
que tiene como base el amor a los demás,
y de manera especial el compromiso con los
marginados y con los empobrecidos. Pero esta
presentación, que suele estar extendida en
algunos ambientes cristianos, no sólo olvida
"la primacía de la gracia" en la
que nos insiste con tanto vigor Juan Pablo
II (cf NMI 38). La tibieza en la vida litúrgica
es signo de que no se ha aceptado vitalmente
la dimensión más honda del Misterio de Jesucristo
muerto y resucitado. De ahí la importancia
de introducir al creyente de forma progresiva
en esta dimensión de su fe y el hábito de
la oración litúrgica.
Si se descuida la formación progresiva de
este hábito, no se ha entendido qué es la
Iniciación cristiana y se convierte la catequesis
es una simple instrucción, o en un entretenimiento
sin hondura. Comprendo que plantear así las
cosas puede inducir a algunos padres a retirar
a sus hijos de la catequesis e incluso habrá
niños que se alejen de ella, pero es un riesgo
que hay que correr si no queremos que la
educación en la fe que impartimos se convierta
en algo banal.
4) La importancia de crear vínculos.
La perseverancia de los niños después de
la primera comunión depende de ellos y también
de las familias. Hay que poner todos los
medios que se consideren oportunos para garantizarla
en cuanto dependa de nosotros, pero hay que
aceptar sin angustia la realidad que tenemos.
Por eso, no considero que sea el camino más
acertado endurecer las condiciones requeridas
para recibir la primera comunión.
Sin embargo, es posible que pueda influir
de forma positiva la experiencia grata de
las catequesis recibidas y el cariño a la
parroquia que se logre transmitir a los niños
y a los padres. En la medida en que se encuentren
a gusto y se sientan implicados en la vida
de la parroquia, se irán identificando con
la comunidad cristiana. Hoy no es fácil que
nadie acepte desempeñar un papel meramente
pasivo, donde no tenga oportunidad de hacer
algo en favor de los otros.
También los cantos, los signos y la experiencia
de encuentro que se vive en las celebraciones
bien preparadas y participadas contribuyen
a crear lazos fraternos. Hay padres y madres
que tienen una buena formación cristiana
y han vivido la fe en otros tiempos con cierta
hondura, pero diversas circunstancias los
pueden haber llevado a caer en una apatía
espiritual. Sin embargo, son muy sensibles
a una palabra oportuna, a una experiencia
fuerte de oración en el camino educativo
de sus hijos, a una petición de ayuda y a
otros signos de que se los valora y se los
trata con afecto. Y el más elocuente para
los padres consiste en advertir que sus hijos
se han encariñado con el catequista, con
el sacerdote y con su parroquia en general.
Si no se llega al corazón de las personas,
no resulta fácil que se integren en la comunidad
y se sientan identificadas con la misma.
Cuando analizamos quiénes son los niños que
se inscriben en catequesis de perseverancia,
podemos ver que generalmente se trata de
aquellos que habían logrado desarrollar mejores
lazos afectivos.
Con los adultos, esta inserción en la parroquia
parece más fácil de conseguir. De manera
especial, cuando se los va implicando progresivamente
en los servicios de la parroquia. Nos enseña
la experiencia que la persona se integra
mejor cuando se percibe como protagonista
de los objetivos del grupo. Sin embargo,
en algunos catecumenados de adultos, el riesgo
consiste en que haya pequeñas comunidades
que se aíslan de la vida parroquial por considerar
que no responden satisfactoriamente a sus
necesidades. Sin olvidar que la parroquia
está llamada a ser una "comunidad de
comunidades", todo lo que contribuya
a profundizar en la comunión, el diálogo
y en la colaboración tiene que tener cierta
primacía.
3.2. La Iniciación cristiana en la pastoral
de juventud
La atención prioritaria a la pastoral de
juventud es una forma de afirmar que los
jóvenes constituyen nuestra mejor riqueza.
Y ellos mismos han preparado un libro en
el que desarrollan con gran tino los objetivos,
las opciones pastorales, el proceso y los
rasgos distintivos que deben caracterizar
la pastoral juvenil aquí y ahora. Considero
que el "Proyecto Diocesano de Pastoral de Juventud" es una obra de lectura obligada y
de estudio para los responsables de las comunidades
cristianas de la Diócesis. Además de ser
ameno, es muy rico en sugerencias.
Nunca ha sido fácil el trabajo pastoral con
los miembros de la Iglesia que están en esta
etapa de su vida. El ejemplo de Santa Mónica,
que retrasó el bautismo de su hijo Agustín,
es un testimonio elocuente de la complejidad
que reviste evangelizar a los jóvenes. Sin
embargo, como dice Juan Pablo II, "los
jóvenes son la esperanza del mundo y la alegría
de la Iglesia", por lo que la complejidad
y la dificultad no deben llevarnos a descuidar
este interesante campo de la misión. Aunque
los mismos jóvenes no siempre lo vean así,
durante los años de la adolescencia y de
la juventud la persona necesita una atención
y cercanía especial por parte de los miembros
de la comunidad cristiana.
Entre nosotros se está produciendo el fenómeno
preocupante y doloroso de que la mayoría
de los jóvenes mayores de dieciséis años
no aparecen por la parroquia y, por consiguiente,
no están en la Eucaristía ni en la catequesis,
ni en nuestros movimientos juveniles. Posiblemente
no hemos sabido o podido sacar rendimiento
a las catequesis juveniles que desembocan
en la Confirmación. El material que se ha
preparado dentro de la Provincia Eclesiástica,
inspirado en el modelo de la Iniciación cristiana,
encierra posibilidades que parecen muy sugerentes
y atractivas.
Es verdad que en la Diócesis se está realizando
un trabajo interesante, con hallazgos muy
valiosos en el campo vocacional y en asociaciones
de vida cristiana que han salido más allá
de los límites de nuestra Iglesia diocesana
y ahora están dando sus frutos. Sin pretensión
de aportar soluciones nuevas a un trabajo
pastoral tan complejo, sobre el que se ha
reflexionado en los diversos Consejos, deseo
aportar también por mi parte sugerencias
que considero pertinentes.
1) Una etapa de la vida especialmente receptiva.
La llegada de la adolescencia está acompañada
por un deseo profundo de vivir con independencia
y de disfrutar de la libertad. La persona
se siente fascinada por nuevos horizontes,
a la vez que insegura de cuanto es y desea.
La búsqueda de la propia identidad necesita
modelos seductores, que sean diferentes de
los que la han guiado y colmado hasta el
presente. Aunque el influjo de los padres
siga siendo grande, los jóvenes buscan a
otras personas que les aseguren que van por
el camino mejor o les ayuden a rectificar.
En el seno de esta crisis de identidad personal,
es una gracia de Dios que cuenten con adultos
maduros que se sientan cercanos, sepan escucharlos
con paciencia y no les recriminen por sus
contradicciones lógicas entre unos ideales
seductores y una realidad de vida muy mediocre.
De ahí la importancia de contar con monitores
que tengan clara su identidad cristiana:
su experiencia de Dios, su confianza en Jesucristo,
su implicación en el camino de las Bienaventuranzas,
su sentido de pertenencia a la Iglesia y
su vida sacramental. Dada la manera de idealizar
a sus líderes que tienen los adolescentes,
un monitor con problemas o con graves carencias
en su identidad cristiana puede causar un
daño grande, mientras que es muy precaria
la ayuda que presta.
Entre las ideas que los adolescentes someten
a una revisión más honda están las relativas
a la fe en Dios y a los valores evangélicos.
Dada la fascinación que sobre ellos ejerce
la pandilla, reviste mucho interés que todas
estas cuestiones se reflexionen y se dialoguen
en el seno del grupo, con una profunda libertad.
Un grupo que no debe estar al margen de la
comunidad parroquial, si quiere ser un camino
de inserción comunitaria. Es natural que
tenga sus propias características, pero es
un error que se desentienda de los demás
y se encierre en sí mismo. El crecimiento
personal humano y cristiano no se puede desarrollar
de una manera sana si no tiene un buen enfoque
comunitario. Por eso, la vida de los grupos
que se aíslan dificulta el sentido comunitario
de sus miembros y la inserción en el dinamismo
de la parroquia.
2) El aprendizaje de la oración personal.
Hasta la adolescencia, la persona suele imitar
lo que hacen los mayores. En este sentido,
la oración de los niños también es verdadera
a su modo y tiene sus características, pero
con la llegada de la adolescencia crece la
conciencia del propio yo, que permite entablar
una relación más personal con las Personas
divinas.
Es también la etapa de la vida en la que
se desarrolla y configura la emotividad del
sujeto humano, que es un ingrediente importante
en la vida de fe y en la experiencia viva
del Misterio. Las grandes amistades del comienzo
de la juventud constituyen la base humana
sobre la que se puede edificar una relación
intensa y viva con Dios.
Pero la práctica de la oración requiere un
aprendizaje lúcido, para poner bien los cimientos
de esta dimensión de la fe que, como he dicho,
es la expresión suprema de la actitud religiosa
del hombre. Conviene que no se confunda la
oración con los estados afectivos de ánimo
y que el sujeto sepa afrontar las dificultades
que se presentan en la vida del orante. No
se trata sólo de enseñar métodos para iniciarse
en la oración, sino de ayudar a cultivar
los diversos tipos de oración y a discernirla
de sus falsificaciones.
De igual manera, la afectividad de la persona
necesita una educación que no se reduzca
a fomentar y acoger los sentimientos gratificantes
más superficiales. Igual que se puede confundir
la intensidad creyente con la euforia, se
puede confundir la grandeza del arrepentimiento
con el sentimiento de culpa de personas que
no han madurado aún. Tampoco se debe identificar
una etapa de aridez en la vida de oración
con la falta de hondura de la misma, por
señalar ejemplos bastante corrientes.
Precisamente estas posibles ambigüedades
me llevan a insistir una vez más en la conveniencia
de contar con un acompañante en la fe que
desempeñe el papel de guía. Una pastoral
de juventud no se puede entender sin la colaboración
de educadores que dediquen mucho tiempo a
estar cerca de los jóvenes, para escucharlos
cuando necesiten comunicarse y hablar.
3) La capacidad de amar con el cuerpo y con
el alma.
A lo largo de los años de la adolescencia
y de la juventud, tiene una importancia extraordinaria
la aparición del interés por la sexualidad
y el descubrimiento del significado de la
misma. La manera en que se aborde esta compleja
cuestión va a tener una honda repercusión
sobre la persona. Por eso, hay que ayudar
a los adolescentes a descubrir la propia
sexualidad, a entenderla y a humanizarla
a la luz de la fe mediante el ejercicio de
la inteligencia y de la voluntad. Y un aspecto
de particular interés es el descubrimiento
de la armonía del propio cuerpo con la personalidad
profunda de cada uno.
Hay que tener en cuenta el fuerte impacto
social que recibimos todos a través de los
medios de comunicación y del hecho injusto
de que en muchos ambientes escolares se imparte,
bajo el nombre de educación sexual, una información
genital abundante más o menos sesgada, que
intenta desligar la sexualidad de su sentido
ético. No cabe duda de que tiene importancia
el conocimiento del cuerpo humano, pero es
necesario insistir en que la sexualidad humana
no se puede separar del amor. Un amor que
está destinado a ser exclusivo y para siempre.
Desde esta óptica cristiana, la educación
sexual ha de estar íntimamente unida al sentido
de la vida y al aprendizaje existencial del
amor. La persona tiende al egoísmo por naturaleza,
hasta que descubre el sentido del tú, de
la donación y del respeto a la dignidad del
otro, que nunca debe ser convertido en un
instrumento al servicio del placer.
La convivencia de jóvenes de uno y otro sexo
en los grupos parroquiales puede facilitar
un proceso que se revela hoy especialmente
delicado. Cuestiones como los malos tratos
domésticos, las rupturas matrimoniales más
o menos precipitadas, la infidelidad conyugal
y la vida desintegrada de muchas familias
que continúan viviendo bajo el mismo techo
tienen sus raíces en una deficiente educación
y en patologías que se derivan de diversas
formas de inmadurez afectiva. De ahí la importancia
de abordar con hondura y con sentido cristiano
estas cuestiones.
4) La seducción de Jesucristo.
La persona joven se caracteriza por su capacidad
de asombro y por sus anhelos de plenitud.
Precisamente por ello, la juventud puede
ser el momento adecuado para presentar con
profundidad el Evangelio. La persona real
de Jesucristo y el espíritu de las Bienaventuranzas
ejercen un atractivo particular cuando se
proclaman con la pasión de todo lo que nos
habla de Dios. En esta etapa, no hay que
soslayar ninguna de las preguntas que brotan
en el corazón de los jóvenes, por muy incómodas
que sean. Por el contrario, hay que acompañarlos
en sus dudas y hay que caminar con ellos,
para que descubran que tenemos razones serias
para creer.
Al igual que no debemos ocultarles las dificultades
que conlleva la oscuridad de la fe, tampoco
es bueno rebajar las exigencias del Evangelio.
El radicalismo evangélico, lejos de arredrar
y echar atrás a los jóvenes, constituye un
acicate para el seguimiento de Jesucristo
y se comete un error cuando se pretende facilitar
el camino contemporizando con la cultura
ambiente. La sinceridad y la transparencia
del mensaje seducen más a los jóvenes que
la oferta timorata de quien se queda a medio
camino, pues si el Evangelio no les ofrece
algo radicalmente diferente y nuevo a cuanto
les ofrece el mundo, no tiene sentido acogerle.
"Si a los jóvenes se les presenta a
Cristo con su verdadero rostro, ellos los
experimentan como una respuesta convincente
y son capaces de acoger el mensaje, incluso
si es exigente y marcado por la Cruz"
(NMI, 9).
Para realizar esta presentación del Evangelio
como alternativa crítica, que asume todos
los valores de la modernidad y los sitúa
en un nuevo horizonte de sentido y esperanza,
se han revelado muy fecundos los métodos
activos, entre los que sobresale la revisión
de vida. Cuando se sigue con cierto rigor,
va acompañando a la persona al hilo de los
acontecimientos que jalonan su existencia
y le permite captar el significado de la
salvación que nos ofrece Jesucristo. El riesgo
en que se ha podido caer alguna vez es el
de aislar los valores evangélicos de su dimensión
litúrgica y mística. Es algo que no debemos
olvidar, pues además de minar el sentido
más hondo de la Iniciación cristiana, dicho
planteamiento reductor olvida que el Evangelio
es una Buena Nueva liberadora y gratuita,
y que no se debe presentar como si fuera
una simple moral, una nueva Ley.
5) La plataforma de la enseñanza de la Religión
en la escuela.
Me pregunto y os pregunto a todos si hemos
sabido aprovechar pastoralmente este campo.
El hecho de que los niños y adolescentes
elijan la religión libremente pone de manifiesto
que existe algún tipo de interés inicial.
Comprendo que la clase no puede ni debe convertirse
en un sucedáneo de la catequesis, pero cabe
esperar que unos profesores creyentes transmitan
su entusiasmo y su seducción por Jesucristo.
Desde esa inquietud inicial, que no merma
ni deforma lo que debe ser una clase en toda
regla, cabe luego organizar actividades extraescolares.
En éstas, se podrían presentar movimientos
apostólicos para niños y para adolescentes,
que además de tener un alto contenido educativo
integral, son novedosos y atractivos.
Llama la atención que no pocos profesores
de religión, que reúnen tantos valores y
que gozan de una preparación muy rica, no
estén luego integrados en la vida apostólica
de las comunidades cristianas ni en los movimientos
infantiles y juveniles. Hay numerosas y conocidas
excepciones, pero tal vez no hemos sabido
despertar la inquietud ni el interés de sus
compañeros en esta dirección.
6) Jesucristo en la Universidad.
Uno de los ámbitos de la pastoral de juventud
está constituido por la vida universitaria.
La llegada a este mundo desconocido ejerce
un poderoso impacto sobre los jóvenes cristianos.
De pronto, encuentran ofertas muy ricas y
plurales, la mayoría de ellas al margen de
toda inquietud religiosa, y algunas, opuestas
por completo al Evangelio.
En esta situación, los jóvenes necesitan
actualizar su fe y dar respuesta a nuevas
preguntas que antes no se habían formulado.
Además, constatan que el hecho de confesarse
cristianos les ocasiona con frecuencia el
rechazo de algunos compañeros. El impacto
es tan fuerte, que son muchos los que ocultan
sus convicciones cristianas y no pocos los
que abandonan su vida de fe o la dejan en
suspenso.
Por eso, contar con grupos serios de pastoral
universitaria, compuestos por profesores
y alumnos, que acogen a quienes llegan y
les ponen de manifiesto con su vida que la
fe en Jesucristo, lejos de ser un obstáculo
es un nuevo acicate para estar en la vanguardia
del saber con rigor y competencia, es una
gracia de Dios. Mediante el diálogo, la búsqueda
compartida, el compromiso con la historia
de cada día y la práctica de la oración personal
y comunitaria, estas comunidades desempeñan
un importante papel en la difusión del Evangelio
y en la educación de los jóvenes. Y la presencia
de profesionales cristianos que sobresalgan
por su entrega al hombre y por su competencia
profesional es la manera más elocuente de
proclamar que Jesucristo nos ha traído la
salvación. Una salvación que comienza en
nuestra historia diaria de gracia y de pecado
y que se prolonga más allá de la muerte.
3.3. La urgencia y prioridad de la pastoral
familiar
El Papa Juan Pablo II viene insistiendo,
a lo largo de todo su pontificado, en el
carácter prioritario de una pastoral familiar
sólida. La familia ha sido objeto directo
de varios de sus escritos, y fue también
el tema de un Sínodo de Obispos. Para dar
una respuesta a esta inquietud que casi todos
compartimos, la Provincia Eclesiástica de
Granada ha elaborado un Directorio de Pastoral
Familiar que puede servir de guía para un
trabajo serio. También nuestro Consejo Pastoral
Diocesano ha abordado el estudio de la pastoral
familiar y ha encomendado sus conclusiones
a nuestro Secretariado Diocesano y a todas
las parroquias.
Para abordar este tema de una forma metódica,
se ha elegido la Preparación al Matrimonio
y la formación de Agentes de Pastoral Familiar
como una de las prioridades de nuestro Proyecto
Pastoral Diocesano para el presente curso.
Se entiende que también este campo tan delicado
tiene que inspirarse en lo que hemos ido
viendo sobre la Iniciación cristiana. Por
lo demás, considero un acierto el hecho de
que el documento elaborado insista en la
necesidad de contar con evangelizadores bien
formados, para que la amplia gama de experiencias
de la Diócesis se unifique y para que esta
preparación se centre más en acercar el Evangelio
a las parejas que en otras cuestiones también
importantes pero menos urgentes cuando se
trata de recibir un sacramento.
Por mi parte, dado que la Pastoral Familiar
es la segunda línea de Acción de nuestro
PPD, deseo decir algunas palabras sobre una
cuestión tan vital para la Iglesia. Me voy
a fijar sólo en cuatro puntos concretos,
no porque el tema de la preparación al matrimonio
me parezca menos importante, sino porque
considero que esa cuestión está encaminada
y abierta a nuevas experiencias, como esa
modalidad ya experimentada de realizarla
en un cursillo intensivo similar a un retiro.
Seguramente los puntos sobre los que quiero
llamar la atención no son los más urgentes,
pero me ha parecido oportuno decir algo sobre
ellos por su especial importancia dentro
de la pastoral familiar y porque pienso que
se ha hablado de ellos menos que de otros
aspectos también básicos.
1) Los primeros años del matrimonio.
La preparación al matrimonio tiene su banco
de prueba en los tres primeros años de convivencia.
Según dicen los expertos, es el tiempo de
las dificultades y de buscar un proyecto
familiar compartido y sólido. Si se acierta
en poner bien los cimientos, el matrimonio
es un camino de realización personal y comunitaria
apasionante. No es que se consiga eliminar
los problemas y dificultades de forma definitiva,
pero se logra contar con esos medios que
ayudan a resolverlos. Me refiero al amor
de donación, a la confianza, al diálogo,
a la ayuda mutua y a la voluntad de permanecer
unidos para siempre en el Señor.
La mayoría de las parejas jóvenes se aíslan
y no saben pedir la ayuda necesaria para
afrontar unas dificultades que no se esperaban.
Cuando creían conocerse bien, advierten que
el otro es un desconocido y que uno mismo
tiene reacciones que no había imaginado.
La convivencia y el complejo proceso de maduración
en común terminan por desconcertarlos y matar
sus ilusiones. Esta desagradable sorpresa,
unida a la mentalidad reinante en favor del
divorcio y en contra de la unidad familiar
los puede llevar a tomar decisiones precipitadas,
antes de haber intentado corregir los defectos
de su convivencia y ayudarse a crecer en
el amor.
En países con una tradición divorcista muy
arraigada, se están dando cuenta de que el
divorcio no es la solución. Aparte del sufrimiento
que provoca en los cónyuges y en los hijos,
un porcentaje alto de los que se han divorciado
una vez vuelven a recurrir al divorcio con
los años. Por eso, en algunos lugares se
ha comenzado a invertir fondos y esfuerzos
en centros de atención familiar gratuitos
que ayudan a las parejas a resolver sus problemas
sin romper el matrimonio; y parece ser que
se consiguen resultados muy importantes.
"En este punto, la Iglesia no puede
ceder a las presiones de una cierta cultura,
aunque sea muy extendida y a veces "militante".
Conviene más bien procurar que, mediante
una educación evangélica cada vez más completa,
las familias cristianas ofrezcan un ejemplo
convincente de la posibilidad de un matrimonio
vivido de manera plenamente conforme al proyecto
de Dios y a las verdaderas exigencias de
la persona humana" (NMI, 47)
Entre nosotros, además de un Centro de Orientación
Familiar en la capital, hay movimientos familiares
que ofrecen a las parejas integrarse en grupos
de convivencia y de apostolado para ayudarse
a vivir el matrimonio. También hay materiales
para las reuniones y métodos que se ofrecen
a las parejas y a las familias para que aprendan
a dialogar y a convivir.
Pienso que la pastoral familiar necesita
tomar en serio la situación de las parejas
durante los primeros años y aprovechar todos
los recursos que tenemos. Además, hay que
intentar acercar estos servicios ya experimentados
a todas las zonas de la Diócesis, pues no
resulta fácil que las parejas de otras poblaciones
de la costa o del interior se desplacen a
la capital. Pero también aquí sería conveniente
aunar los esfuerzos. Aunque cada grupo y
cada parroquia tienen su propia personalidad,
el Vaticano II insiste en la importancia
del apostolado asociado y de la unión de
fuerzas.
2) El regreso a la práctica de la fe.
Un fenómeno que empieza a despuntar es el
retorno de algunas parejas a la práctica
de la fe o el descubrimiento del Evangelio
que nunca habían conocido a fondo. Sucede
a veces durante la preparación al matrimonio.
Pero es más frecuente el caso de aquellas
parejas cuyos hijos se preparan para recibir
la primera comunión. En la mayoría de los
casos, es la madre la primera que se acerca
y comienza a vivir una experiencia antes
desconocida, cuando se prepara en unión con
otras madres para impartir la primera catequesis
en el hogar. Lo que empieza como una colaboración
más o menos voluntaria, va ganando interés
a medida que avanza el proceso. Cuando el
grupo de madres tiene la fortuna de contar
con alguna persona verdaderamente convencida
de su fe y logra crear un clima aceptable
de sinceridad y de diálogo, es fácil que
persevere después de la comunión de los hijos
y que logre atraer el interés de los maridos.
Un elemento decisivo puede ser la presencia
de catequistas bien formados, que alientan
la participación activa de todos y aprovechen
la ocasión para iniciar y desarrollar un
catecumenado de adultos en la línea de la
Iniciación cristiana. Pero si el grupo se
queda aislado en sí mismo, lo normal es que,
tras dos o tres años de interés creciente
debido a la novedad, se convierta en un grupo
de amigos más o menos estable. Para facilitar
su perseverancia, es conveniente que se inserte
en un movimiento más amplio, que le lleve
a salir de sí. En la Diócesis contamos con
un catecumenado de adultos bien organizado
y con diversos movimientos de apostolado
familiar que tienen buenos planes de formación
y de trabajo. Lo importante es que estas
personas que han empezado a descubrir el
Evangelio como pareja no queden abandonadas
cuando más lo necesitan.
3) La educación de la fe en el hogar.
Hoy sabemos que las primeras experiencias
de la persona tienen una repercusión muy
profunda a lo largo de su vida. Precisamente
por ello, tenemos que recuperar la práctica
de la vida de fe en los hogares. Todavía
contamos con numerosas parejas que tienen
una experiencia creyente muy profunda. Sin
embargo, el ritmo acelerado de vida, especialmente
cuando también la madre trabaja fuera del
hogar, la secularización del ambiente y la
creciente dependencia del televisor llevan
a que se descuide la oración en familia y
la lectura comentada de la palabra de Dios.
Pienso que hemos de recuperar la práctica
de
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