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 Málaga, lunes 29 de agosto de 2005.
 Tiempo Ordinario. XXII Semana. Evg: Mc 6, 17-29. Stos. Sabina, Cá

 

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Obispo de la Diócesis

 Cartas Pastorales

Edificar sobre roca (II)

Segunda parte
01/11/2002

2.3. El sentido de la celebración litúrgica y su asimilación.

Se advierte entre nosotros una importante decadencia de la fuerza expresiva de las celebraciones litúrgicas. En parte, porque el deseo bien intencionado de hacerlas más cercanas ha llevado a restarles la solemnidad y la belleza que nos pueden servir de trampolín hacia el Misterio. Tal vez hemos olvidado que los ritos pertenecen a la esencia misma del hombre, como se echa de ver en acontecimientos de la vida ordinaria, que han recuperado sus ritos y sus símbolos con el fin de hablar a la totalidad de la persona. Tomemos como ejemplos el congreso de un sindicato, la entrega de los títulos en la universidad o la celebración de un acontecimiento deportivo de relieve. En todos ellos podemos observar que la persona necesita un lenguaje integral y símbolos que provoquen en los asistentes sentimientos de implicación y de integración.

1) El sentido teológico de la Liturgia.

Por otra parte, numerosos cristianos carecen de una comprensión seria del sentido y del espíritu de la liturgia. Desconocen que en ella "se ejerce la obra de nuestra redención" (SC 1), y que "la liturgia es la cumbre a la que tiende la acción de la Iglesia y, al mismo tiempo, la fuente de donde mana toda su fuerza" (SC 10). Deudores de la centralidad absoluta del hombre que domina nuestra cultura, olvidamos que el Evangelio no es una propuesta ética que deja en nuestras manos y en nuestras obras la salvación del mundo, sino la Buena Noticia de que Dios nos ama y nos salva por la fe.

Para algunos, la Eucaristía del domingo es la fiesta en la que la mesa compartida crea comunidad y sostiene las esperanzas por un mundo más justo y más humano. Pero no ponen de relieve que "es la Pascua de la semana, en la que se celebra la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte, la realización en Él de la primera creación y el inicio de la 'creación nueva'. Es el día de la evocación adoradora y agradecida del primer día del mundo y, a la vez, la prefiguración, en la esperanza activa, del 'último día', cuando Cristo vendrá en su gloria" (DD 1).

Una iniciación cristiana básica exige cuidar también esta dimensión litúrgica de las personas que tratan de adentrarse en la fe. Empezando por desvelarles el sentido de la liturgia en general, como puente que nos adentra en el Misterio a partir de símbolos y ritos tomados de la vida cotidiana. Aunque su lenguaje simbólico no tiene la precisión conceptual de la palabra, nos permite vislumbrar esa Trascendencia amiga que nos ama y que nos envuelve en medio de la vida cotidiana. Dicho con otras palabras, nos introduce en el sentido inabarcable de palabras como Dios, Providencia, Salvación y Vida Eterna. De ahí la importancia de su belleza y de la capacidad evocadora de sus ritos.

2) Los sacramentos, fuente de la santidad.

Por lo pronto, conviene recalcar que la santidad cristiana básica nos llega mediante los sacramentos. Dicha santidad es un don y no consiste en nuestra respuesta agradecida de amor a Dios y al hombre, sino en el amor que Dios derrama en el corazón de sus hijos por el Espíritu Santo. Con palabras del Vaticano II, "mediante el bautismo, los hombres se insertan en el misterio pascual de Cristo; mueren con Él, son sepultados con Él y resucitan con Él; reciben el espíritu de adopción de hijos, en el que clamamos Abba, Padre; y así se convierten en los verdaderos adoradores que busca el Padre" (SC 6). "La renovación de la alianza del Señor con los hombres en la Eucaristía enciende y arrastra a fieles al urgente amor de Cristo. Por consiguiente, de la liturgia, sobre todo de la Eucaristía, mana hacia nosotros, como de una fuente, la gracia y con la máxima eficacia se obtiene la santificación de los hombres en Cristo y la glorificación de Dios, a la que tienden todas las demás obras de la Iglesia como a su fin" (SC 9).

Es verdad que la mayoría de nuestros fieles reciben el bautismo en la infancia y no siempre perciben la Confirmación y la Eucaristía como la plenitud de la existencia cristiana. Precisamente por ello, tenemos que buscar los medios necesarios para ahondar en el espíritu de la liturgia y para actualizar el dinamismo bautismal que habita en ellos. Comprendo que no es cometido fácil, pero vale la pena emplear en él nuestros mejores esfuerzos.

3) El sacramento de la penitencia.

En este proceso, está llamado a desempeñar un importante papel el sacramento de la penitencia, aunque él mismo no pertenezca a la Iniciación cristiana. Nos permite, sin embargo, recuperar la gracia bautismal que hemos dilapidado por el pecado personal grave. Pero vemos que numerosos creyentes sinceros tienen dificultades para captar el sentido de este sacramento y para acercarse a él. El Sínodo que estudió la situación actual de la Iglesia nos ofreció importantes sugerencias que no hemos sabido llevar a la práctica. Pero estamos a tiempo y la actitud que debemos adoptar no es la de pasividad ante las dificultades presentes, sino la que pide el Papa, cuando invita a "una renovada valentía pastoral, para que la pedagogía cotidiana de la comunidad cristiana sepa proponer de manera convincente y eficaz la práctica del sacramento de la reconciliación" (NMI 37). Y nos recuerda algunos aspectos de la celebración del Sacramento de la Penitencia en su reciente Carta Apostólica "Misericordia Dei".

4) Elementos para el desarrollo de la espiritualidad litúrgica.

El elemento más importante para que la persona se integre en las celebraciones de la liturgia es que haya una comunidad viva y participativa, que las prepara con esmero y las celebra con gozo evangélico. Cuando falta la comunidad cristiana y las personas que participan no se ven a sí mismas, a través de los cantos y de las respuestas comprometidas, como miembros vivos de un "nosotros", decaen la atención y el interés de cada uno, que se siente aislado entre los demás por muy numerosa que sea la asistencia.

Otro de los elementos básicos es la belleza y delicadeza de los símbolos que se realizan, el conocimiento de los mismos y el ritmo armonioso que se sigue. En el caso de la Liturgia cristiana, la sencillez no debe hacernos olvidar que Jesús celebró la Cena Pascual en el seno de una liturgia judía muy cuidada, hasta en sus mínimos detalles, y que tuvo interés en procurarse una sala adecuada y bien aderezada para el caso. Si los creyentes que asisten de manera asidua a la misa desconocen el sentido de algunos ritos y si no logran integrar en la celebración esos aspectos tan cotidianos de su vida como son la gratitud, la alabanza llena de admiración, la necesidad de ayuda, el perdón y la ofrenda de sus alegrías y de sus penas, es señal de que algo está fallando. Al no tener una visión pormenorizada de los diversos elementos y de cada una de las partes de la Eucaristía, no consiguen llevar su existencia entera a la misa que celebran ni convertir su vida en una ofrenda existencial al Señor.

Finalmente, el Año Litúrgico nos ofrece la posibilidad de impartir una educación litúrgica profunda y de reavivar nuestro bautismo, especialmente aprovechando la gran riqueza de lecturas a lo largo de la Cuaresma y de la Pascua.

2.4. El descubrimiento de la oración y la práctica de la misma.

Tras insistir en que la santidad es la perspectiva en que debe situarse siempre la tarea pastoral del cristiano y que necesitamos "una pedagogía de la santidad", Juan Pablo II afirma: "Para esta pedagogía de la santidad es necesario un cristianismo que se distinga ante todo en el arte de la oración. (...) Pero sabemos bien que rezar no es algo que pueda darse por supuesto. Es preciso aprender a orar, como aprendieron de nuevo este arte de los labios mismos del divino Maestro los primeros discípulos" (NMI 32).

1) La oración y su aprendizaje.

El estudio de las religiones nos ha puesto en evidencia que la oración es la primera manifestación y la más honda que provoca la experiencia del Misterio en el ser humano. Es la respuesta habitual de los creyentes al encuentro con Dios; respuesta que se realiza bajo la forma de alabanza, de gratitud, de petición de perdón y de petición de ayuda. Por eso podemos afirmar que donde cesa la oración, la actitud religiosa desaparece. Y es natural pues todo el que cree en Dios desea comunicarse con Él.

Esta tendencia espontánea se ha visto enriquecida por los testimonios y las enseñanzas de los grandes orantes y requiere un aprendizaje, porque no vivimos en una cultura como la de antaño, en la que orar era un componente normal de la vida, ya que se rezaba en casi todos los hogares y no se concebía la fiesta sin oración comunitaria. Era una cultura en la que también ocupaban un lugar importante actitudes como la escucha, el silencio y la contemplación. Pero nosotros vivimos en la cultura secularizada de las prisas, del pragmatismo y de la sospecha. Y no son pocos los creyentes que se preguntan si la oración tiene un sentido o es una especie de monólogo engañoso con las propias sensaciones. Deslumbrados por las Bienaventuranzas y por el amor de Jesús a los pobres, algunos cristianos opinan que el Evangelio consiste en el compromiso ético con los demás y olvidan que Jesús se nos manifiesta en los relatos evangélicos como un hombre de oración, que se pasaba las noches enteras dialogando con su Padre. Sobre todo, cuando tenía que tomar decisiones graves como la elección de los Apóstoles, la fidelidad al mesianismo del Siervo sufriente, el anuncio de su pasión y la aceptación libre de la cruz.

De ahí la importancia de enseñar al creyente a rezar y de iniciarle en la práctica de la oración. Necesita descubrir en qué consiste orar y conocer los diversos caminos de oración, el sentido de esta práctica, la manera de afrontar las dificultades que se pueden presentar y cómo se diferencia la oración de sus posibles falsificaciones. Además de la oración litúrgica, que tiene su cumbre en la Eucaristía, el hombre tiene necesidad de la oración personal, que le permite escuchar la voz de Dios, discernir su llamada a través de los acontecimientos cotidianos y encontrar la fuerza necesaria para amar y servir a los demás.

Y aunque el verdadero Maestro de oración es el Espíritu, que ora en nosotros con gemidos inefables (Ga 4,6), necesitamos también aprender a orar en la escuela de los grandes orantes cristianos. Los seguidores de Jesucristo tenemos en Él un ejemplo formidable y una manera propia de dirigirnos a Dios, pues tenemos que orar en Cristo, por Cristo y con Cristo (cf Jn 15 y 17); en su nombre (cf Jn 15, 16), pero necesitamos adentrarnos en la práctica. Por consiguiente no es suficiente conocer las diversas formas de oración y a dominar las técnicas que se han revelado útiles, sino que es necesario ese aprendizaje personal que se traduce en el hábito de oración.

2) La oración nos lleva a la acción.

En lugar de alejarnos de la vida real, la oración cristiana nos acerca a las situaciones concretas con la mirada de la fe. Por eso nos permite situarnos de una manera más profunda y absolutamente original ante los hechos sociales. Es una oración que parte de la vida tal como es, la contempla y la analiza a la luz de la Palabra, y percibe en ella la llamada de Dios a ponernos en camino. Cada página del Evangelio es una invitación de Jesús a mirar la vida con los ojos de la fe y a dar la respuesta adecuada. Una torre que se derrumba y provoca algunas muertes, los invitados a un banquete que buscan el primer puesto, una muchedumbre que le sigue y está hambrienta a la caída de la tarde y hasta el germinar de las flores y el canto de los pájaros le sirven para invitar a sus oyentes a que descubran la presencia y la llamada de Dios y den la respuesta que está esperando del hombre.

3) Hay que descubrir las huellas de Dios también en el mundo de la ciencia y de la técnica.

Precisamente porque no resulta fácil descubrir las huellas de Dios en este mundo secularizado, en el que todo nos habla del hombre y de su iniciativa, necesitamos que alguien nos enseñe a escuchar el rumor de sus pasos por la cultura moderna y cuáles son los frutos que podemos esperar de la oración. A primera vista, ya no necesitamos orar, porque hemos aprendido a resolver nuestros asuntos con bastante eficacia.

Pero es ahí donde surge el sentido más hondo de la oración cristiana: en la constatación de que tenemos de todo en abundancia, de que hemos transformado el mundo y, sin embargo, carecemos de metas y de fines. La oración nos ayuda a recuperar la profundidad de la existencia humana y a desentrañar el misterio del hombre, porque nos abre un horizonte de sentido y nos da la fuerza necesaria para acoger el Reino de Dios que se nos ha dado en Jesucristo.

2.5. El discernimiento de la voz de Dios y la respuesta creyente.

En alguna ocasión, Jesús recriminó a sus oyentes porque no sabían discernir los signos de los tiempos (cf Lc 9, 54-56). El Vaticano II se sirvió de esta expresión evangélica para referirse a los acontecimientos históricos en los que los creyentes podemos detectar la llamada divina y una invitación a dar respuestas evangélicas que cambien las situaciones de pecado en caminos de vida (cf GS 4,9; PO 9). Pero si no sabemos realizar un discernimiento evangélico certero, es imposible nuestra respuesta evangélica y nuestra contribución a la historia.

1) Hay que mirar el mundo a la luz de la fe.

Algunos movimientos apostólicos han desarrollado una pedagogía activa del arte de discernir mediante el método que llaman revisión de vida. Intentan conocer con rigor y hondura los hechos, sus causas y sus consecuencias. Pero no se conforman con una mirada simple o interesada, desde el punto de vista de la eficacia y de los intereses económicos o de otro tipo, sino que tratan de buscar luz en el Evangelio para encontrar el punto de vista cristiano. Es decir, intentan mirar la realidad con los ojos de Jesucristo para hacer un juicio de valor y hallar la respuesta evangélica oportuna.

Esta práctica, avalada por una larga experiencia, transforma simultáneamente el corazón de la persona y sus actitudes más profundas, para que ésta cambie lo que es una historia de pecado en una historia de salvación. Pues como dice el Vaticano II, "solamente con la luz de la fe y la meditación de la Palabra de Dios es posible reconocer siempre y en todo lugar a Dios, en quien 'vivimos, nos movemos y existimos'; buscar su voluntad en todos los acontecimientos, ver a Cristo en todos los hombres, tanto cercanos como extraños; juzgar rectamente sobre la verdadera significación y el valor de las realidades temporales, consideradas en sí mismas y en orden al fin del hombre" (AA 4). Todo ello, para "la renovación del orden temporal", al que hay que "impregnar con el espíritu evangélico" (AA 5). Es necesario, pues, que los laicos "asuman como obligación suya propia la instauración del orden temporal y que actúen en él de una manera directa y concreta, guiados por la luz del Evangelio y el pensamiento de la Iglesia y movidos por el amor cristiano" (AA 7).

2) La doctrina social de la Iglesia.

Esta misión se puede desarrollar de forma individual, a través del compromiso personal en el trabajo, en la vida de familia y en diferentes plataformas civiles, y también de manera asociada. En ambos casos se requiere el hábito del discernimiento evangélico y un buen conocimiento de la doctrina social de la Iglesia. Esta enseñanza es una aplicación del Evangelio, que permita a los cristianos hacerse un juicio correcto ante los acontecimientos y las circunstancias del mundo contemporáneo. Pues, con palabras de Juan Pablo II, "es notorio el esfuerzo que el Magisterio eclesial ha realizado, sobre todo en el siglo XX, para interpretar la realidad social a la luz del Evangelio y ofrecer de modo cada vez más puntual y orgánico su propia contribución a la solución de la cuestión social, que ha llegado ya a ser una cuestión planetaria. Esta vertiente ético-social se propone como una dimensión imprescindible del Evangelio. Se debe rechazar la tentación de una espiritualidad oculta e individualista, que poco tiene que ver con las exigencias de la caridad, con la lógica de la Encarnación y, en definitiva, con la misma tensión escatológica del cristianismo" (NMI 52).

3) La presencia de los cristianos en el mundo.

Incluir esta dimensión de la fe en la Iniciación cristiana significa entender que "el mensaje cristiano no aparta a los hombres de la tarea de la construcción del mundo ni les impulsa a despreocuparse del bien de sus semejantes, sino que les obliga más a llevar a cabo esto como un deber" (GS 34). Más que una consecuencia de la misión evangelizadora de la Iglesia es un aspecto integrante de la misma, ya que el anuncio del Evangelio se realiza, como la revelación divina, con la palabra y con el lenguaje de los hechos (cf DV 2).

La democracia liberal pretende que la religión es una amenaza para la libertad y trata de erradicar de la vida pública todo testimonio religioso. Según esta ideología, la fe en Dios es un asunto puramente privado, sin ninguna base intelectual seria y, como tal, ha de ser desterrado de la vida pública. Este "desalojo de Dios" ha traído consigo una pérdida grave de humanidad, pues como ha dicho Juan Pablo II en diferentes ocasiones, la muerte de Dios es la muerte del hombre (cf EV 8, 21-24). De ahí la importancia de la presencia cristiana en la universidad, en el campo de la investigación, en la vida sindical y económica, en la vida política y en todo tipo de asociaciones ciudadanas.

2.6. La inserción en la comunidad cristiana.

Al presentar a la Iglesia como Pueblo de Dios, el Concilio Vaticano II ofreció los fundamentos bíblicos y teológicos del carácter comunitario de la fe, que se debe vivir como una comunión de vida, de esperanza y de amor. Por eso nos recuerda que Dios "quiso santificar y salvar a los hombres no individualmente y aislados, sin conexión entre sí, sino hacer de ellos un pueblo para que le conociera de verdad y le sirviera con una vida santa" (LG 9).

1) Se ha progresado en la vivencia comunitaria de la fe cristiana.

Este carácter comunitario de la fe se concreta en la confesión del mismo Credo, en la celebración de los mismos sacramentos y en la práctica de la misma caridad. Pero la cultura actual, con su exaltación exacerbada del subjetivismo y el individualismo, amenaza con provocar una ruptura de la comunión eclesial en materia de fe y de moral. Pero no me refiero al pluralismo en las cuestiones opinables, que es una riqueza y fuente de renovación, sino al rechazo de cuestiones sobre las que la Iglesia ha tomado ya decisiones irrevocables.

Aún así, debemos reconocer que, a raíz del Concilio Vaticano II, que ha tenido el acierto de presentar a la Iglesia como una comunión de personas, se ha progresado de manera significativa en la dimensión comunitaria de la fe. Entre otros aspectos, deseo subrayar la conciencia y la práctica de la corresponsabilidad en la comunidad cristiana, el desarrollo de los ministerios laicales, la presentación de la Iglesia como Comunión y Pueblo de Dios y el carácter comunitario de las celebraciones litúrgicas. También es una riqueza la multiplicidad de carismas y de grupos que hay en nuestra Iglesia diocesana y el hecho de que tratemos de trabajar pastoralmente en comunión, en torno a un Proyecto Pastoral que no disperse los esfuerzos por hacer presente a Dios en nuestro mundo.

2) Hay que fomentar los organismos de participación y comunión.

Sin embargo, creo que se ha avanzado más en la teoría que en la práctica. Depende de todos alentar esa educación comunitaria de la vida cristiana que, sin reprimir la variedad y la riqueza de los dones del Espíritu, permita seguir profundizando en la dimensión comunitaria de nuestra existencia creyente.

El soporte necesario para que las convicciones se transformen en realidades es la presencia de comunidades cristianas vivas. Y esto depende, en medida notable, del buen funcionamiento de los diversos organismos parroquiales de programación, de gestión y de revisión. Pienso en el Consejo Pastoral Parroquial, en el Consejo de Economía, en grupos estructurados y activos de Catequistas, de Cáritas, de responsables de Liturgia, de Pastoral de la Salud y de los movimientos apostólicos presentes en la parroquia. Aunque puede parecer un sueño el deseo de que todas las personas pertenecientes a una parroquia constituyan una comunidad cristiana, no es imposible crear y desarrollar un sólido dinamismo comunitario, a partir de los diversos sectores y grupos, que convierten el conjunto parroquial en una comunidad de comunidades.

Pero sabiendo que, también en este aspecto, el elemento decisivo es la comunión de vida con el Padre, con el Hijo y con el Espíritu, que brota del bautismo y se alimenta en la celebración de la Eucaristía. Pues el hombre es imagen de Dios y semejante a Él en la medida en que imita la comunión trinitaria; esa Comunión en la que cada una de las tres Personas Divinas necesita de las otras para ser ella misma. De igual modo, los humanos sólo somos personas auténticas cuando, alentados por la comunión con Dios, desarrollamos unas relaciones amorosas correctas con los otros. Es lo que también nos enseña San Pablo con la imagen del Cuerpo Místico: somos verdaderos seguidores del Señor cuando nos comportamos como miembros del Cuerpo de Cristo y vivimos en una relación de amor y de servicio con los demás (cf 1Co 12, 12-19).

III. LOS ÁMBITOS DE LA INICIACIÓN CRISTIANA

Nuestro Proyecto Pastoral Diocesano quiere ser un camino compartido por todas las parroquias y comunidades, para llevar a cabo la evangelización a lo largo de los años venideros. En su intento de ser un instrumento práctico y eficaz, propone para este curso centrar todos los esfuerzos en tres campos muy concretos: la catequesis de Iniciación cristiana, la juventud y la familia. A ellos me voy a ceñir, para decir algunas palabras sobre la Iniciación cristiana en cada uno de estos ámbitos. No pretendo añadir nuevos elementos a cuanto exponen con claridad y notable competencia los materiales que se han elaborado y publicado en apoyo del Proyecto Pastoral Diocesano. Mi intención es subrayar y resaltar algunos aspectos que considero particularmente necesarios para nuestra Iglesia.

3.1. Hacia una profunda renovación de nuestra tarea catequética

Como no podía ser menos en una Iglesia Local que ha tenido por Obispo y por maestro al excelente catequista que es el Beato Manuel González, la Diócesis de Málaga ha realizado esfuerzos muy notables antes y después del Vaticano II. Cuando he visitado las parroquias, he observado que contamos con un importante número de catequistas preparados y generosos y que la catequesis a diferentes niveles suele estar muy bien organizada y arraigada en las parroquias. Tanto la que se imparte a los niños que desean recibir la primera comunión, como la que se imparte a sus padres y la que denominamos de perseverancia.

Aunque en medida notablemente inferior, también hay parroquias que ofrecen una catequesis de calidad a los adolescentes. Y está cobrando mucha fuerza y vitalidad entre nosotros la catequesis de adultos. Aparte de los grupos apostólicos que la imparten a sus miembros, también en las parroquias o fuera de ellas, va en aumento también esta catequesis. La publicación diocesana "Proyecto de pastoral de Iniciación Cristiana" da puntos de vista, que considero muy atinados, sobre lugares, objetivos, condiciones y criterios de esta experiencia y sus posibilidades. Por mi parte, os ofrezco a continuación algunos puntos de vista muy concretos sobre la Iniciación cristiana, que me preocupan de una manera especial. Se refieren tanto a los niños como a los adolescentes y a los adultos, y son los siguientes.

1) El papel fundamental del catequista.

Soy consciente de que "los Obispos son los primeros responsables de la catequesis, los catequistas por excelencia" (DGC 223) y de que los sacerdotes comparten con el Obispo esta misión, pues "la función propia del presbítero en la tarea catequizadora brota del sacramento del Orden que ha recibido" (DGC 224). Por consiguiente, tanto el Obispo como el sacerdote han de estar siempre muy cerca de los catequistas seglares, alentando su formación permanente integral, su capacitación técnica y su vida de fe. Uno de los servicios más valiosos que el sacerdote puede prestar a su comunidad es la formación de un equipo de catequistas que unan al deseo de ser santos, una síntesis clara de la fe que profesan y van a transmitir y una inquietud permanente por renovar el modo de hacerlo. Y ello requiere programas bien estructurados y métodos de trabajo adecuados a la situación del grupo. No siempre serán posibles en el ámbito parroquial y, por eso, tenemos que acostumbrarnos a trabajar teniendo en cuenta el arciprestazgo.

El elemento más decisivo de la catequesis consiste, a mi entender, en que el catequista sea un buen cristiano: un testigo cercano y veraz, que ame la Iglesia, tenga clara su identidad cristiana, manifieste con toda su vida la alegría y la gratitud de ser un seguidor de Jesucristo y participe en las celebraciones litúrgicas. Especialmente cuando se educa en la fe a los adolescentes y a los niños, los sentimientos y actitudes que el catequista transmite y contagia revisten una importancia especial. Y es preferible que no se imparta ninguna catequesis a turbar el corazón de quienes la reciben con dudas, con una escasa o nula valoración de las celebraciones litúrgicas, con una presentación falsa o ambigua de las verdades de la fe, con sentimientos negativos frente a la Iglesia, con frialdad o indiferencia ante la eucaristía del domingo, con nula sensibilidad relativa a los problemas de la justicia y de la paz, con actitudes mentales cerradas en relación con el amor al mundo y con cualquier tipo de intransigencia y de falsas seguridades. Todos sabemos que es más fácil lograr frutos de un terreno virgen que de un terreno que han arrasado las tormentas.

En su proceso de formación permanente, los catequistas deben preguntarse con honestidad si intentan vivir ellos mismos el Evangelio y qué mensaje transmiten con su vida diaria. No basta con ser un buen pedagogo y una buena persona, hay que tener muy clara la propia identidad cristiana y la pertenencia eclesial. Aunque no seamos santos, es importante que todos tengamos un deseo ardiente de serlo, porque entonces Dios pone lo demás.

2) La educación en los valores del Reino.

Hace algunos años, estuvo de moda la educación permisiva de los niños y adolescentes. Para no traumatizarlos ni reprimirlos, se invitaba a que fueran ellos mismos quienes, de manera espontánea, descubrieran los valores y los hicieran suyos. Era un objetivo noble en sí, pero que no tenía en cuenta que los seres humanos no viven ni se desarrollan en un clima aséptico. A través de la radio, la televisión, el cine, la prensa y otros medios, el ser humano está recibiendo continuamente mensajes más o menos interesados. Por eso ha fracaso la educación permisiva. En la actualidad, se ve nuevamente la conveniencia de proponerles aquellos valores que se consideran importantes para su vida y para la convivencia humana.

Desde el punto de vista de la iniciación en la fe, la propuesta de los valores del Reino se debe iniciar en la primera infancia, en el seno de la familia y se debe continuar en las diferentes etapas de la catequesis. No es una tarea fácil, ya que hoy los valores evangélicos no están vigentes en nuestra sociedad. Sin embargo, en el caso de los niños y adolescentes, su gran receptividad nos invita a proponerles ese núcleo de valores que constituyen el espíritu de las Bienaventuranzas. Pienso básicamente en la bondad, en la mansedumbre, en la limpieza de corazón, en la sinceridad, en la grandeza de alma y en el amor a todos sin discriminación. Junto a ellos, esos nuevos valores que hunden sus raíces en la Biblia y gozan también de cierta aceptación social. Entre ellos, el sentido de la justicia, el amor a la naturaleza, la lealtad y la cercanía a los débiles y marginados.

Cuando se trabaja con adultos, estos valores exigen una presentación dialogada, pero no se deben dar por sabidos. La experiencia personal puede haber provocado una actitud de duda o desencanto frente al espíritu de las Bienaventuranzas, y un aspecto de la educación de la fe en el caso de los adultos consiste en asumir el realismo sin perder la fe en la fuerza transformadora del Espíritu Santo, que nos hace pasar de la muerte a la vida. Y como dice la publicación diocesana sobre el tema, "la catequesis de adultos ha de tener muy en cuenta las experiencias vividas, los condicionamientos y desafíos que tales adultos encuentran, así como sus múltiples interrogantes y necesidades respecto a la fe. En consecuencia, cabe distinguir entre: adultos creyentes, adultos bautizados que no recibieron una catequesis adecuada; o no han completado su iniciación cristiana o que se han alejado de la fe y adultos no bautizados que necesitan, en sentido propio, un verdadero catecumenado" (Proyecto Pastoral de Iniciación Cristiana, pg 106).

Además de la presentación motivada de los mismos, estos valores requieren unos hábitos que no son fáciles de adquirir. Si la primera infancia es el momento oportuno para proponerlos y lograr su aceptación, la adolescencia y la juventud son la etapa en la que hay que desarrollar y fortalecer la voluntad, para que no queden en simple teoría. Y por muchos años que se tengan, en el caso de los adultos, nunca es tarde para iniciar un plan de vida que lleve a la conversión De nada serviría una enseñanza teórica de la fe, si luego no se promueve la práctica de una vida verdaderamente evangélica

3) La iniciación en la vida litúrgica.

Un niño que no ha recibido aún la primera comunión no tiene por qué participar cada domingo en la celebración de la misa. Aun así, es importante que se habitúe a las celebraciones litúrgicas. Para ello, conviene que se organicen diversas celebraciones para momentos claves del proceso. Celebraciones que debe compartir en alguna medida la comunidad parroquial. La manera de realizar dichas celebraciones tiene que transmitir el mensaje de que la primera comunión no es un asunto de los niños y de su familia, sino algo que afecta a toda la parroquia.

Durante el primer año, estas celebraciones no tienen por qué ser la Eucaristía completa, pero sí que deben tener el necesario relieve para poner de manifiesto que las celebraciones son un elemento básico del proceso que han iniciado, algo que deben ir asumiendo, porque será parte de su vida cuando hayan celebrado la fiesta de la primera comunión. A lo largo de todo el proceso, además de recibir una explicación apropiada de las partes y símbolos de la Eucaristía, hay que empezar a acostumbrarlos a celebrarla los domingos, de manera que esta práctica empiece a ser habitual en el tercer año. Y tiene gran valor el ejemplo y la presencia de los catequistas en la Eucaristía. Cuando los niños no los ven en la misa del domingo, tratándose de personas que viven en el entorno parroquial, reciben un mensaje negativo sobre la importancia de las celebraciones.

En el caso de los jóvenes y de los adultos, la celebración tiene una importancia más decisiva. Actualmente se corre el riesgo cierto de reducir el Evangelio a una ética que tiene como base el amor a los demás, y de manera especial el compromiso con los marginados y con los empobrecidos. Pero esta presentación, que suele estar extendida en algunos ambientes cristianos, no sólo olvida "la primacía de la gracia" en la que nos insiste con tanto vigor Juan Pablo II (cf NMI 38). La tibieza en la vida litúrgica es signo de que no se ha aceptado vitalmente la dimensión más honda del Misterio de Jesucristo muerto y resucitado. De ahí la importancia de introducir al creyente de forma progresiva en esta dimensión de su fe y el hábito de la oración litúrgica.

Si se descuida la formación progresiva de este hábito, no se ha entendido qué es la Iniciación cristiana y se convierte la catequesis es una simple instrucción, o en un entretenimiento sin hondura. Comprendo que plantear así las cosas puede inducir a algunos padres a retirar a sus hijos de la catequesis e incluso habrá niños que se alejen de ella, pero es un riesgo que hay que correr si no queremos que la educación en la fe que impartimos se convierta en algo banal.

4) La importancia de crear vínculos.

La perseverancia de los niños después de la primera comunión depende de ellos y también de las familias. Hay que poner todos los medios que se consideren oportunos para garantizarla en cuanto dependa de nosotros, pero hay que aceptar sin angustia la realidad que tenemos. Por eso, no considero que sea el camino más acertado endurecer las condiciones requeridas para recibir la primera comunión.

Sin embargo, es posible que pueda influir de forma positiva la experiencia grata de las catequesis recibidas y el cariño a la parroquia que se logre transmitir a los niños y a los padres. En la medida en que se encuentren a gusto y se sientan implicados en la vida de la parroquia, se irán identificando con la comunidad cristiana. Hoy no es fácil que nadie acepte desempeñar un papel meramente pasivo, donde no tenga oportunidad de hacer algo en favor de los otros.

También los cantos, los signos y la experiencia de encuentro que se vive en las celebraciones bien preparadas y participadas contribuyen a crear lazos fraternos. Hay padres y madres que tienen una buena formación cristiana y han vivido la fe en otros tiempos con cierta hondura, pero diversas circunstancias los pueden haber llevado a caer en una apatía espiritual. Sin embargo, son muy sensibles a una palabra oportuna, a una experiencia fuerte de oración en el camino educativo de sus hijos, a una petición de ayuda y a otros signos de que se los valora y se los trata con afecto. Y el más elocuente para los padres consiste en advertir que sus hijos se han encariñado con el catequista, con el sacerdote y con su parroquia en general. Si no se llega al corazón de las personas, no resulta fácil que se integren en la comunidad y se sientan identificadas con la misma.

Cuando analizamos quiénes son los niños que se inscriben en catequesis de perseverancia, podemos ver que generalmente se trata de aquellos que habían logrado desarrollar mejores lazos afectivos.

Con los adultos, esta inserción en la parroquia parece más fácil de conseguir. De manera especial, cuando se los va implicando progresivamente en los servicios de la parroquia. Nos enseña la experiencia que la persona se integra mejor cuando se percibe como protagonista de los objetivos del grupo. Sin embargo, en algunos catecumenados de adultos, el riesgo consiste en que haya pequeñas comunidades que se aíslan de la vida parroquial por considerar que no responden satisfactoriamente a sus necesidades. Sin olvidar que la parroquia está llamada a ser una "comunidad de comunidades", todo lo que contribuya a profundizar en la comunión, el diálogo y en la colaboración tiene que tener cierta primacía.

3.2. La Iniciación cristiana en la pastoral de juventud

La atención prioritaria a la pastoral de juventud es una forma de afirmar que los jóvenes constituyen nuestra mejor riqueza. Y ellos mismos han preparado un libro en el que desarrollan con gran tino los objetivos, las opciones pastorales, el proceso y los rasgos distintivos que deben caracterizar la pastoral juvenil aquí y ahora. Considero que el "Proyecto Diocesano de Pastoral de Juventud" es una obra de lectura obligada y de estudio para los responsables de las comunidades cristianas de la Diócesis. Además de ser ameno, es muy rico en sugerencias.

Nunca ha sido fácil el trabajo pastoral con los miembros de la Iglesia que están en esta etapa de su vida. El ejemplo de Santa Mónica, que retrasó el bautismo de su hijo Agustín, es un testimonio elocuente de la complejidad que reviste evangelizar a los jóvenes. Sin embargo, como dice Juan Pablo II, "los jóvenes son la esperanza del mundo y la alegría de la Iglesia", por lo que la complejidad y la dificultad no deben llevarnos a descuidar este interesante campo de la misión. Aunque los mismos jóvenes no siempre lo vean así, durante los años de la adolescencia y de la juventud la persona necesita una atención y cercanía especial por parte de los miembros de la comunidad cristiana.

Entre nosotros se está produciendo el fenómeno preocupante y doloroso de que la mayoría de los jóvenes mayores de dieciséis años no aparecen por la parroquia y, por consiguiente, no están en la Eucaristía ni en la catequesis, ni en nuestros movimientos juveniles. Posiblemente no hemos sabido o podido sacar rendimiento a las catequesis juveniles que desembocan en la Confirmación. El material que se ha preparado dentro de la Provincia Eclesiástica, inspirado en el modelo de la Iniciación cristiana, encierra posibilidades que parecen muy sugerentes y atractivas.

Es verdad que en la Diócesis se está realizando un trabajo interesante, con hallazgos muy valiosos en el campo vocacional y en asociaciones de vida cristiana que han salido más allá de los límites de nuestra Iglesia diocesana y ahora están dando sus frutos. Sin pretensión de aportar soluciones nuevas a un trabajo pastoral tan complejo, sobre el que se ha reflexionado en los diversos Consejos, deseo aportar también por mi parte sugerencias que considero pertinentes.

1) Una etapa de la vida especialmente receptiva.

La llegada de la adolescencia está acompañada por un deseo profundo de vivir con independencia y de disfrutar de la libertad. La persona se siente fascinada por nuevos horizontes, a la vez que insegura de cuanto es y desea. La búsqueda de la propia identidad necesita modelos seductores, que sean diferentes de los que la han guiado y colmado hasta el presente. Aunque el influjo de los padres siga siendo grande, los jóvenes buscan a otras personas que les aseguren que van por el camino mejor o les ayuden a rectificar.

En el seno de esta crisis de identidad personal, es una gracia de Dios que cuenten con adultos maduros que se sientan cercanos, sepan escucharlos con paciencia y no les recriminen por sus contradicciones lógicas entre unos ideales seductores y una realidad de vida muy mediocre. De ahí la importancia de contar con monitores que tengan clara su identidad cristiana: su experiencia de Dios, su confianza en Jesucristo, su implicación en el camino de las Bienaventuranzas, su sentido de pertenencia a la Iglesia y su vida sacramental. Dada la manera de idealizar a sus líderes que tienen los adolescentes, un monitor con problemas o con graves carencias en su identidad cristiana puede causar un daño grande, mientras que es muy precaria la ayuda que presta.

Entre las ideas que los adolescentes someten a una revisión más honda están las relativas a la fe en Dios y a los valores evangélicos. Dada la fascinación que sobre ellos ejerce la pandilla, reviste mucho interés que todas estas cuestiones se reflexionen y se dialoguen en el seno del grupo, con una profunda libertad. Un grupo que no debe estar al margen de la comunidad parroquial, si quiere ser un camino de inserción comunitaria. Es natural que tenga sus propias características, pero es un error que se desentienda de los demás y se encierre en sí mismo. El crecimiento personal humano y cristiano no se puede desarrollar de una manera sana si no tiene un buen enfoque comunitario. Por eso, la vida de los grupos que se aíslan dificulta el sentido comunitario de sus miembros y la inserción en el dinamismo de la parroquia.

2) El aprendizaje de la oración personal.

Hasta la adolescencia, la persona suele imitar lo que hacen los mayores. En este sentido, la oración de los niños también es verdadera a su modo y tiene sus características, pero con la llegada de la adolescencia crece la conciencia del propio yo, que permite entablar una relación más personal con las Personas divinas.

Es también la etapa de la vida en la que se desarrolla y configura la emotividad del sujeto humano, que es un ingrediente importante en la vida de fe y en la experiencia viva del Misterio. Las grandes amistades del comienzo de la juventud constituyen la base humana sobre la que se puede edificar una relación intensa y viva con Dios.

Pero la práctica de la oración requiere un aprendizaje lúcido, para poner bien los cimientos de esta dimensión de la fe que, como he dicho, es la expresión suprema de la actitud religiosa del hombre. Conviene que no se confunda la oración con los estados afectivos de ánimo y que el sujeto sepa afrontar las dificultades que se presentan en la vida del orante. No se trata sólo de enseñar métodos para iniciarse en la oración, sino de ayudar a cultivar los diversos tipos de oración y a discernirla de sus falsificaciones.

De igual manera, la afectividad de la persona necesita una educación que no se reduzca a fomentar y acoger los sentimientos gratificantes más superficiales. Igual que se puede confundir la intensidad creyente con la euforia, se puede confundir la grandeza del arrepentimiento con el sentimiento de culpa de personas que no han madurado aún. Tampoco se debe identificar una etapa de aridez en la vida de oración con la falta de hondura de la misma, por señalar ejemplos bastante corrientes.

Precisamente estas posibles ambigüedades me llevan a insistir una vez más en la conveniencia de contar con un acompañante en la fe que desempeñe el papel de guía. Una pastoral de juventud no se puede entender sin la colaboración de educadores que dediquen mucho tiempo a estar cerca de los jóvenes, para escucharlos cuando necesiten comunicarse y hablar.

3) La capacidad de amar con el cuerpo y con el alma.

A lo largo de los años de la adolescencia y de la juventud, tiene una importancia extraordinaria la aparición del interés por la sexualidad y el descubrimiento del significado de la misma. La manera en que se aborde esta compleja cuestión va a tener una honda repercusión sobre la persona. Por eso, hay que ayudar a los adolescentes a descubrir la propia sexualidad, a entenderla y a humanizarla a la luz de la fe mediante el ejercicio de la inteligencia y de la voluntad. Y un aspecto de particular interés es el descubrimiento de la armonía del propio cuerpo con la personalidad profunda de cada uno.

Hay que tener en cuenta el fuerte impacto social que recibimos todos a través de los medios de comunicación y del hecho injusto de que en muchos ambientes escolares se imparte, bajo el nombre de educación sexual, una información genital abundante más o menos sesgada, que intenta desligar la sexualidad de su sentido ético. No cabe duda de que tiene importancia el conocimiento del cuerpo humano, pero es necesario insistir en que la sexualidad humana no se puede separar del amor. Un amor que está destinado a ser exclusivo y para siempre.

Desde esta óptica cristiana, la educación sexual ha de estar íntimamente unida al sentido de la vida y al aprendizaje existencial del amor. La persona tiende al egoísmo por naturaleza, hasta que descubre el sentido del tú, de la donación y del respeto a la dignidad del otro, que nunca debe ser convertido en un instrumento al servicio del placer.

La convivencia de jóvenes de uno y otro sexo en los grupos parroquiales puede facilitar un proceso que se revela hoy especialmente delicado. Cuestiones como los malos tratos domésticos, las rupturas matrimoniales más o menos precipitadas, la infidelidad conyugal y la vida desintegrada de muchas familias que continúan viviendo bajo el mismo techo tienen sus raíces en una deficiente educación y en patologías que se derivan de diversas formas de inmadurez afectiva. De ahí la importancia de abordar con hondura y con sentido cristiano estas cuestiones.

4) La seducción de Jesucristo.

La persona joven se caracteriza por su capacidad de asombro y por sus anhelos de plenitud. Precisamente por ello, la juventud puede ser el momento adecuado para presentar con profundidad el Evangelio. La persona real de Jesucristo y el espíritu de las Bienaventuranzas ejercen un atractivo particular cuando se proclaman con la pasión de todo lo que nos habla de Dios. En esta etapa, no hay que soslayar ninguna de las preguntas que brotan en el corazón de los jóvenes, por muy incómodas que sean. Por el contrario, hay que acompañarlos en sus dudas y hay que caminar con ellos, para que descubran que tenemos razones serias para creer.

Al igual que no debemos ocultarles las dificultades que conlleva la oscuridad de la fe, tampoco es bueno rebajar las exigencias del Evangelio. El radicalismo evangélico, lejos de arredrar y echar atrás a los jóvenes, constituye un acicate para el seguimiento de Jesucristo y se comete un error cuando se pretende facilitar el camino contemporizando con la cultura ambiente. La sinceridad y la transparencia del mensaje seducen más a los jóvenes que la oferta timorata de quien se queda a medio camino, pues si el Evangelio no les ofrece algo radicalmente diferente y nuevo a cuanto les ofrece el mundo, no tiene sentido acogerle. "Si a los jóvenes se les presenta a Cristo con su verdadero rostro, ellos los experimentan como una respuesta convincente y son capaces de acoger el mensaje, incluso si es exigente y marcado por la Cruz" (NMI, 9).

Para realizar esta presentación del Evangelio como alternativa crítica, que asume todos los valores de la modernidad y los sitúa en un nuevo horizonte de sentido y esperanza, se han revelado muy fecundos los métodos activos, entre los que sobresale la revisión de vida. Cuando se sigue con cierto rigor, va acompañando a la persona al hilo de los acontecimientos que jalonan su existencia y le permite captar el significado de la salvación que nos ofrece Jesucristo. El riesgo en que se ha podido caer alguna vez es el de aislar los valores evangélicos de su dimensión litúrgica y mística. Es algo que no debemos olvidar, pues además de minar el sentido más hondo de la Iniciación cristiana, dicho planteamiento reductor olvida que el Evangelio es una Buena Nueva liberadora y gratuita, y que no se debe presentar como si fuera una simple moral, una nueva Ley.

5) La plataforma de la enseñanza de la Religión en la escuela.

Me pregunto y os pregunto a todos si hemos sabido aprovechar pastoralmente este campo. El hecho de que los niños y adolescentes elijan la religión libremente pone de manifiesto que existe algún tipo de interés inicial. Comprendo que la clase no puede ni debe convertirse en un sucedáneo de la catequesis, pero cabe esperar que unos profesores creyentes transmitan su entusiasmo y su seducción por Jesucristo. Desde esa inquietud inicial, que no merma ni deforma lo que debe ser una clase en toda regla, cabe luego organizar actividades extraescolares. En éstas, se podrían presentar movimientos apostólicos para niños y para adolescentes, que además de tener un alto contenido educativo integral, son novedosos y atractivos.

Llama la atención que no pocos profesores de religión, que reúnen tantos valores y que gozan de una preparación muy rica, no estén luego integrados en la vida apostólica de las comunidades cristianas ni en los movimientos infantiles y juveniles. Hay numerosas y conocidas excepciones, pero tal vez no hemos sabido despertar la inquietud ni el interés de sus compañeros en esta dirección.

6) Jesucristo en la Universidad.

Uno de los ámbitos de la pastoral de juventud está constituido por la vida universitaria. La llegada a este mundo desconocido ejerce un poderoso impacto sobre los jóvenes cristianos. De pronto, encuentran ofertas muy ricas y plurales, la mayoría de ellas al margen de toda inquietud religiosa, y algunas, opuestas por completo al Evangelio.

En esta situación, los jóvenes necesitan actualizar su fe y dar respuesta a nuevas preguntas que antes no se habían formulado. Además, constatan que el hecho de confesarse cristianos les ocasiona con frecuencia el rechazo de algunos compañeros. El impacto es tan fuerte, que son muchos los que ocultan sus convicciones cristianas y no pocos los que abandonan su vida de fe o la dejan en suspenso.

Por eso, contar con grupos serios de pastoral universitaria, compuestos por profesores y alumnos, que acogen a quienes llegan y les ponen de manifiesto con su vida que la fe en Jesucristo, lejos de ser un obstáculo es un nuevo acicate para estar en la vanguardia del saber con rigor y competencia, es una gracia de Dios. Mediante el diálogo, la búsqueda compartida, el compromiso con la historia de cada día y la práctica de la oración personal y comunitaria, estas comunidades desempeñan un importante papel en la difusión del Evangelio y en la educación de los jóvenes. Y la presencia de profesionales cristianos que sobresalgan por su entrega al hombre y por su competencia profesional es la manera más elocuente de proclamar que Jesucristo nos ha traído la salvación. Una salvación que comienza en nuestra historia diaria de gracia y de pecado y que se prolonga más allá de la muerte.

3.3. La urgencia y prioridad de la pastoral familiar

El Papa Juan Pablo II viene insistiendo, a lo largo de todo su pontificado, en el carácter prioritario de una pastoral familiar sólida. La familia ha sido objeto directo de varios de sus escritos, y fue también el tema de un Sínodo de Obispos. Para dar una respuesta a esta inquietud que casi todos compartimos, la Provincia Eclesiástica de Granada ha elaborado un Directorio de Pastoral Familiar que puede servir de guía para un trabajo serio. También nuestro Consejo Pastoral Diocesano ha abordado el estudio de la pastoral familiar y ha encomendado sus conclusiones a nuestro Secretariado Diocesano y a todas las parroquias.

Para abordar este tema de una forma metódica, se ha elegido la Preparación al Matrimonio y la formación de Agentes de Pastoral Familiar como una de las prioridades de nuestro Proyecto Pastoral Diocesano para el presente curso. Se entiende que también este campo tan delicado tiene que inspirarse en lo que hemos ido viendo sobre la Iniciación cristiana. Por lo demás, considero un acierto el hecho de que el documento elaborado insista en la necesidad de contar con evangelizadores bien formados, para que la amplia gama de experiencias de la Diócesis se unifique y para que esta preparación se centre más en acercar el Evangelio a las parejas que en otras cuestiones también importantes pero menos urgentes cuando se trata de recibir un sacramento.

Por mi parte, dado que la Pastoral Familiar es la segunda línea de Acción de nuestro PPD, deseo decir algunas palabras sobre una cuestión tan vital para la Iglesia. Me voy a fijar sólo en cuatro puntos concretos, no porque el tema de la preparación al matrimonio me parezca menos importante, sino porque considero que esa cuestión está encaminada y abierta a nuevas experiencias, como esa modalidad ya experimentada de realizarla en un cursillo intensivo similar a un retiro. Seguramente los puntos sobre los que quiero llamar la atención no son los más urgentes, pero me ha parecido oportuno decir algo sobre ellos por su especial importancia dentro de la pastoral familiar y porque pienso que se ha hablado de ellos menos que de otros aspectos también básicos.

1) Los primeros años del matrimonio.

La preparación al matrimonio tiene su banco de prueba en los tres primeros años de convivencia. Según dicen los expertos, es el tiempo de las dificultades y de buscar un proyecto familiar compartido y sólido. Si se acierta en poner bien los cimientos, el matrimonio es un camino de realización personal y comunitaria apasionante. No es que se consiga eliminar los problemas y dificultades de forma definitiva, pero se logra contar con esos medios que ayudan a resolverlos. Me refiero al amor de donación, a la confianza, al diálogo, a la ayuda mutua y a la voluntad de permanecer unidos para siempre en el Señor.

La mayoría de las parejas jóvenes se aíslan y no saben pedir la ayuda necesaria para afrontar unas dificultades que no se esperaban. Cuando creían conocerse bien, advierten que el otro es un desconocido y que uno mismo tiene reacciones que no había imaginado. La convivencia y el complejo proceso de maduración en común terminan por desconcertarlos y matar sus ilusiones. Esta desagradable sorpresa, unida a la mentalidad reinante en favor del divorcio y en contra de la unidad familiar los puede llevar a tomar decisiones precipitadas, antes de haber intentado corregir los defectos de su convivencia y ayudarse a crecer en el amor.

En países con una tradición divorcista muy arraigada, se están dando cuenta de que el divorcio no es la solución. Aparte del sufrimiento que provoca en los cónyuges y en los hijos, un porcentaje alto de los que se han divorciado una vez vuelven a recurrir al divorcio con los años. Por eso, en algunos lugares se ha comenzado a invertir fondos y esfuerzos en centros de atención familiar gratuitos que ayudan a las parejas a resolver sus problemas sin romper el matrimonio; y parece ser que se consiguen resultados muy importantes. "En este punto, la Iglesia no puede ceder a las presiones de una cierta cultura, aunque sea muy extendida y a veces "militante". Conviene más bien procurar que, mediante una educación evangélica cada vez más completa, las familias cristianas ofrezcan un ejemplo convincente de la posibilidad de un matrimonio vivido de manera plenamente conforme al proyecto de Dios y a las verdaderas exigencias de la persona humana" (NMI, 47)

Entre nosotros, además de un Centro de Orientación Familiar en la capital, hay movimientos familiares que ofrecen a las parejas integrarse en grupos de convivencia y de apostolado para ayudarse a vivir el matrimonio. También hay materiales para las reuniones y métodos que se ofrecen a las parejas y a las familias para que aprendan a dialogar y a convivir.

Pienso que la pastoral familiar necesita tomar en serio la situación de las parejas durante los primeros años y aprovechar todos los recursos que tenemos. Además, hay que intentar acercar estos servicios ya experimentados a todas las zonas de la Diócesis, pues no resulta fácil que las parejas de otras poblaciones de la costa o del interior se desplacen a la capital. Pero también aquí sería conveniente aunar los esfuerzos. Aunque cada grupo y cada parroquia tienen su propia personalidad, el Vaticano II insiste en la importancia del apostolado asociado y de la unión de fuerzas.

2) El regreso a la práctica de la fe.

Un fenómeno que empieza a despuntar es el retorno de algunas parejas a la práctica de la fe o el descubrimiento del Evangelio que nunca habían conocido a fondo. Sucede a veces durante la preparación al matrimonio. Pero es más frecuente el caso de aquellas parejas cuyos hijos se preparan para recibir la primera comunión. En la mayoría de los casos, es la madre la primera que se acerca y comienza a vivir una experiencia antes desconocida, cuando se prepara en unión con otras madres para impartir la primera catequesis en el hogar. Lo que empieza como una colaboración más o menos voluntaria, va ganando interés a medida que avanza el proceso. Cuando el grupo de madres tiene la fortuna de contar con alguna persona verdaderamente convencida de su fe y logra crear un clima aceptable de sinceridad y de diálogo, es fácil que persevere después de la comunión de los hijos y que logre atraer el interés de los maridos.

Un elemento decisivo puede ser la presencia de catequistas bien formados, que alientan la participación activa de todos y aprovechen la ocasión para iniciar y desarrollar un catecumenado de adultos en la línea de la Iniciación cristiana. Pero si el grupo se queda aislado en sí mismo, lo normal es que, tras dos o tres años de interés creciente debido a la novedad, se convierta en un grupo de amigos más o menos estable. Para facilitar su perseverancia, es conveniente que se inserte en un movimiento más amplio, que le lleve a salir de sí. En la Diócesis contamos con un catecumenado de adultos bien organizado y con diversos movimientos de apostolado familiar que tienen buenos planes de formación y de trabajo. Lo importante es que estas personas que han empezado a descubrir el Evangelio como pareja no queden abandonadas cuando más lo necesitan.

3) La educación de la fe en el hogar.

Hoy sabemos que las primeras experiencias de la persona tienen una repercusión muy profunda a lo largo de su vida. Precisamente por ello, tenemos que recuperar la práctica de la vida de fe en los hogares. Todavía contamos con numerosas parejas que tienen una experiencia creyente muy profunda. Sin embargo, el ritmo acelerado de vida, especialmente cuando también la madre trabaja fuera del hogar, la secularización del ambiente y la creciente dependencia del televisor llevan a que se descuide la oración en familia y la lectura comentada de la palabra de Dios.

Pienso que hemos de recuperar la práctica de

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Última modificación: 12/04/2005

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